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En defensa de la telenovela

Con la llegada de las plataformas y el cambio drástico del consumo de contenido audiovisual, se presagió la muerte de la televisión abierta y de uno de sus productos más emblemáticos en Latinoamérica: la telenovela. La televisión, tal y como la conocíamos la mayoría de los que nacimos en el siglo XX, estaba destinada a […]

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Por Alberto Barrera Tyszka
TRIBUNA
La Paz / septiembre 8, 2021
en Voces

Con la llegada de las plataformas y el cambio drástico del consumo de contenido audiovisual, se presagió la muerte de la televisión abierta y de uno de sus productos más emblemáticos en Latinoamérica: la telenovela. La televisión, tal y como la conocíamos la mayoría de los que nacimos en el siglo XX, estaba destinada a desaparecer. Y los culebrones eran dinosaurios sentimentales que se irían apagando lentamente.

Pero pocos años después, aún con el contundente decaimiento de los canales tradicionales de televisión, la telenovela está de regreso. Netflix —la plataforma de streaming (o transmisión en directo) más poderosa del planeta— ha comenzado a producirlas mientras Univision y Televisa, los productores del género en español tradicionalmente más importantes, se han unido en una nueva plataforma que tendrá el melodrama como una de sus apuestas centrales.

La telenovela es un producto latinoamericano único y a lo largo del tiempo, frente a distintas circunstancias, ha mantenido una alta popularidad en las audiencias. Sin embargo, carga también con permanente mala fama. Sería más saludable reconciliarnos con este género, comenzar a dejar de percibir a la telenovela como un placer culposo de nuestra identidad.

Hace más de dos décadas, el poeta cubano Heberto Padilla me contó que había coincidido en la facultad de Filosofía y Letras de la universidad de La Habana con Delia Fiallo, considerada la reina de los culebrones en el continente. Decía Padilla que una vez le preguntó a Fiallo cómo hacía ella para inventarse esos melodramas intensos, sus exitosas historias televisivas. La respuesta de la autora —según Padilla— me pareció sensacional: “No lo sé muy bien, chico. Yo leo La tempestad, me siento a escribir y me sale Topacio”. Había en esas frases el ingenio y la picardía de establecer una relación entre la obra de Shakespeare y una de sus famosas telenovelas ofreciendo tan solo como vínculo un natural proceso de lectura y escritura personal.

Años después, conocí a Delia Fiallo. Por supuesto que le comenté mi conversación con su compatriota. Ella la negó, me dijo que no recordaba que aquello hubiera ocurrido, su supuesta respuesta le parecía inverosímil. Yo le confesé que el cuento me parecía tan bueno que no me importaba si era o no cierto. Hablamos largamente sobre la leyenda negra que pesa sobre el género, sobre su visión y su trabajo como una de las autoras fundacionales de la telenovela latinoamericana. Fiallo, quien acaba de fallecer hace tres meses en Miami, me pareció una mujer brillante, muy asertiva, con una interesantísima historia personal. Conocía perfectamente a Shakespeare. Había adaptado muchos clásicos para la radio. Pero también era capaz de escribir Cristal.

Hace unas semanas, Sergio Ramírez escribió una columna donde registró y analizó las reglas dramáticas básicas, presentes en la literatura universal, de las que por supuesto siempre se ha alimentado la ficción audiovisual. Con clara precisión, el escritor nicaragüense estableció las diferencias entre las grandes novelas latinoamericanas y la telenovela. Pero, al final de su texto, apuntó otro elemento: señaló que el melodrama no es un “asunto del ADN latinoamericano” y puso de ejemplo a la antigua tradición de las soap operas en Estados Unidos o a la reciente industria turca de producción de teleculebras. “Todos somos, de un modo u otro, de lágrima fácil”.

Es cierto. El llanto no es una exclusividad latinoamericana. Pero para nosotros la lágrima puede ser un valor, una garantía de calidad y honestidad sentimental, una condición épica. Los latinoamericanos vivimos la cursilería de un modo totalmente distinto. Colectivamente y sin pudor. Nuestras lágrimas son fáciles y públicas.

Sorprende un poco que la convención cultural latinoamericana sea permisiva, o incluso gozosa y celebratoria, de otros géneros tan cercanos a la telenovela como el bolero, la canción ranchera mexicana o el tango. Sentimentalmente, son igual de impúdicos. Su naturaleza, su definición, es el exceso de los afectos, la epopeya del sufrimiento amoroso.

Por supuesto que nada de esto tiene que ver con la calidad de los productos. Ahora que las plataformas se interesan por el género y que los culebrones comienzan a aparecer en esas nuevas plataformas, se abre la posibilidad de que el género se renueve. Con sistemas de producción diferentes, con mayores recursos y capacidades, con ideas distintas, las compañías de streaming pueden aprovechar las posibilidades que tiene ahora la industria para dejar atrás las debilidades que arrastraba la telenovela tradicional.

Las nuevas plataformas tienen más libertad y otras condiciones que permiten superar algunos esquemas cerrados que dominaron la industria: la hipermoralidad, el refuerzo de los estereotipos, la estigmatización de los personajes femeninos o LGBTQ, la truculencia gratuita, la narrativa afincada en el falso suspenso o en los trucos efectistas.

Más que renegar del melodrama, ahora, en todo caso, hay una oportunidad de hacer mejores melodramas.

Alberto Barrera Tyszka es escritor venezolano y columnista de The New York Times.

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