Fue una semana de reveses para Donald Trump en su intento por mantener control sobre el Partido Republicano hasta 2024 e incluso después. En Texas, uno de sus candidatos perdió una segunda vuelta especial contra su rival republicano. Casi al mismo tiempo, se manifestó contra el proyecto de ley bipartidista sobre la infraestructura que está en revisión en el Senado y, al parecer, a casi nadie le importó: no había una sensación de que los republicanos temieran su ira ni que se esperara que sus partidarios se amontonaran a manifestarse en los edificios municipales.
Los conservadores que preferirían que el Partido Republicano no estuviera controlado por Trump por el resto de su vida recibieron estos indicadores con cierto optimismo. Me gusta imaginarlo, pero me temo que no es tan simple. La debilidad que demostró Trump la semana pasada es real, pero no es nueva. Su poder sobre el Partido Republicano siempre ha sido limitado.
Desde luego, dentro del Partido Republicano nunca ha fraguado una facción trumpista clara. Sin embargo, no es lo mismo los límites a su poder que los límites a su apoyo. La regla en la era de Trump es que puedes contradecirlo de manera indirecta o ganar sin su respaldo, pero a excepción de unos cuantos casos, no puedes desafiarlo de manera personal y esperar tener a los electores republicanos de tu lado. No obstante, hay dos cosas que pueden ser verdad al mismo tiempo: Trump posee un cierto tipo de ingenio político y un fuerte vínculo personal con las bases republicanas, y la influencia de Trump decae cuanto más nos alejamos del mundo de la retórica y la identificación personal.
Trump podría promover una creencia de que fue víctima de un fraude electoral masivo e inspirar a sus seguidores a asaltar el Capitolio, pero no podría hacer que ni las legislaturas estatales republicanas ni los jueces designados por los republicanos ni su propio Departamento de Justicia comenzaran a adherirse a sus intentos de anular las elecciones. Esto indica que si nos preocupa que el 2020 se repita en 2024 con un resurgimiento de Trump, pero que esta vez las legislaturas estatales republicanas en verdad actúen para anular los resultados, deberíamos estar buscando señales de que Trump ha encontrado un modo de juntar el apoyo hacia él con el apoyo hacia esa acción. A fin de superar sus múltiples debilidades como jugador dentro del juego, no solo necesitaría el respaldo a sus afirmaciones de fraude electoral, sino también una regla conocida, entre los dirigentes de la sede del gobierno estatal de Míchigan, Pensilvania o Arizona y sus electores, de que secundar a Trump es favorecer que las legislaturas elijan a los presidentes, lo cual está muy relacionado.
Creo que será muy difícil imponer esa regla. Pero el análisis del poder de Trump sugiere que la nominación en sí seguirá a su alcance (y un análisis de su carácter sugiere que la querrá), sin importar cuántos proyectos de ley bipartidistas se aprueben por encima de sus objeciones ni cuánto apoyo pierda. Eso se da porque nadie se imagina que unas votaciones para la infraestructura o unas elecciones aleatorias a la Cámara Baja sean un referéndum sobre Trump. Pero ¿cómo puede un candidato a la presidencia en las primarias convencer a los republicanos de que un voto para ellos no es un voto contra Trump, aunque él aparezca en la boleta? Eso requeriría un tipo de ingenio político en verdad especial que no podemos esperar ni siquiera de Ron DeSantis.
Ross Douthat es columnista de The New York Times.






