Era habitual que el espionaje electrónico estaba reservado a las grandes potencias, para vigilarse entre ellas o atisbar las travesuras de los pequeños países considerados hostiles o simplemente estorbos en el mosaico geopolítico del planeta. Pero, ocurre que ahora, con el destape del escándalo Pegasus, aquella tendencia se ha revertido y si algún minúsculo Estado dispone de los recursos monetarios suficientes, podría darse el lujo de averiguar las acciones o reacciones de los superpoderes que apetezca, sean éstos adversarios, aliados o neutros. La información es poder y cuanto más dato se acumule, mayor será la capacidad de maniobra. Tal ventaja ofrece ese famoso logicial espía capaz de aspirar el contenido total de un celular (mensajes, emails, SMS, fotos, nómina de llamadas realizadas o recibidas, lista de contactos y/o conversaciones registradas), todo ello sin noción alguna del usuario y sin dejar rastro de la interferencia ejecutada. Gracias al periodismo investigativo de Forbidden Stories y de Amnistía Internacional, se ha podido detectar al menos 50.000 teléfonos seleccionados como objetivos potenciales, ofrecidos cual menú a la carta a aquellos Estados interesados en escudriñar las intimidades de activistas molestos, periodistas curiosos, abogados de derechos humanos, diplomáticos, políticos, ministros y hasta presidentes. Pegasus es el producto estrella de la compañía privada israelita NSO, iniciales de sus tres propietarios: N por Niv Carmi, S por Shalev Hulio y O por Omri Lavie, fundadores de la empresa en 2009. El trío habría estado ligado al ejército hebreo y conservado ligazones que le permitió reclutar como empleados al menos a 800 de antiguos cuadros de seguridad o del servicio secreto judío.
Curiosamente, el primer Estado-cliente fue México desde 2010, durante el periodo de Enrique Peña Nieto y una de las victimas más notorias de los pinchazos telefónicos, fue el actual presidente AMLO. Conforme se va desenvolviendo el ovillo de ese sofisticado enredo, aparece como consejero exterior de NSO, nada menos que Gerard Araud, exembajador de Francia ante el Consejo de Seguridad, quien asegura que la empresa selecciona cuidadosamente a sus potenciales usuarios para evitar que sus logiciales caigan en manos de gobiernos poco escrupulosos o del crimen organizado. Esta reserva pareciera no haberse seguido con otro conspicuo comprador: Arabia Saudita, cuando el espiado periodista opositor Jamal Khashoggi fue asesinado atrozmente en la sede del consulado saudí en Estambul. Ese detalle, personalmente, me hace pensar que la línea de independencia entre NSO y la inteligencia israelí es muy tenue y, por lo tanto, Tel Aviv se sirve de esas herramientas para fortalecer su política exterior, erigiéndose en nocivo rival de la National Security Agency (NSA) en el acopio de información vital para definir ciertas estrategias en el tinglado internacional. Pegasus entra con estruendo en instantes en que la guerra cibernética se ha desatado entre las grandes potencias, acarreando a su paso a países periféricos. Preocupa por ejemplo que dentro los jefes de Estado espiados figure Emmanuel Macron, por encargo de Marruecos, inexplicable desliz de ese reino considerado hasta hoy, como favorito ahijado de Francia. Espiarse mancomunadamente entre aliados, concuerda con el sabio consejo de Lenin: “a confianza es buena, el control es mejor”.
Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.






