Hace más de un siglo, Alemania llevó a cabo una masacre sistemática. De 1904 a 1908, en lo que ahora es Namibia, el gobierno colonial alemán asesinó a 80.000 hereros y namas. En mayo, 113 años más tarde, Alemania reconoció que esa masacre fue un genocidio. A esta petición de perdón la acompañó un “gesto” de $us 1.350 millones para proyectos de reconstrucción y desarrollo, y de atención médica y capacitación durante 30 años.
El gobierno de Namibia aceptó la disculpa. Pero, muchas personas de las etnias nama y herero consideran que eso está muy lejos de ser suficiente. Nandiuasora Mazeingo, presidente de la Fundación del Genocidio Ovaherero, dijo que el acuerdo era “un insulto”. Después de todo, la suma es comparable a la ayuda alemana para el desarrollo de Namibia de los últimos 30 años y las negociaciones en esencia excluyeron a los pueblos herero y nama. La disculpa de Alemania se ha quedado muy corta.
Hacia finales del siglo XIX, los líderes alemanes buscaban algo que pronto sería llamado “Lebensraum”, un “espacio vital” fuera de su país industrializado y sobrepoblado. La Conferencia de Berlín de 1884 brindó una oportunidad: Alemania reclamó las regiones a las que nombró África del Sudoeste Alemana, donde vivían 80.000 hereros y 20.000 namas. Líderes namas y hereros como Hendrik Witbooi y Samuel Maharero dirigieron la resistencia de sus pueblos frente a los colonizadores. En 1903, estalló una revuelta total.
El general Lothar von Trotha fue llamado para aplastar la rebelión, y en agosto de 1904 ganó una batalla decisiva en Hamakari. Luego, en octubre, Von Trotha emitió una orden de exterminio. Con la autorización de Berlín, las tropas alemanas usaron metralletas, rifles, cañones y bayonetas para masacrar a mujeres, niños y hombres desarmados. Las familias huyeron al sofocante desierto de Omaheke, donde los soldados los acorralaron y envenenaron sus abrevaderos. Los soldados mataron a los padres enfrente de sus hijos.
Von Trotha confinó a los sobrevivientes namas y hereros a campos de concentración, donde a los prisioneros se les forzaba a trabajar de una manera brutal y se les sometía a experimentos médicos. Algunos fueron esterilizados; otros recibieron inyecciones de arsénico y opio o los infectaron a propósito de viruela, tifus y tuberculosis. Se creó un campo solo para mujeres con el fin de cometer violencia sexual.
La muerte no era un alivio: los alemanes vendieron los cráneos de la gente que habían asesinado a institutos de investigación. Para 1908, el gobierno colonial alemán había matado al 80% de la población herero y al 50% de los namas. Fue el primer genocidio del siglo XX.
Más de un siglo de negación alemana ha provocado que una gran parte del mundo no sepa de la masacre. En la actualidad, los sitios que fueron campos de concentración, como los que estuvieron en Swakopmund y Lüderitz, son destinos turísticos en vez de monumentos conmemorativos. En tanto que el Museo de Historia Natural de Nueva York sigue investigando los restos humanos que robó Alemania, durante generaciones, a los hereros y los namas se les ha negado la posibilidad de enterrar a sus seres queridos. Muchos hereros y namas viven en suelos improductivos, vetados de las tierras que les robaron a sus ancestros. La mayoría son minorías marginalizadas dentro de Namibia o se dispersaron.
Unos 30 años después de la masacre en África del Sudoeste Alemana, los nazis asesinaron a 6 millones de judíos. Los dos genocidios están relacionados, puesto que fue en el sur de África que Eugen Fischer, quien después sería un prominente eugenesista nazi, inició la pseudociencia sobre la “higiene racial” que se usó para justificar la matanza de personas que los alemanes consideraban un obstáculo para su Lebensraum: primero los hereros y los namas, y luego los judíos. Algunas técnicas para masacrar también se utilizaron primero en la colonia: las víctimas eran enviadas a campos de concentración en vehículos para ganado, tatuadas y con números asignados, como luego se hizo en Europa. Entre las dos atrocidades, a pesar de sus diferencias, hay una continuidad en el método y el motivo.
Pero, la respuesta de Alemania al genocidio judío ha sido distinta. Al igual que lo hizo con los judíos tras la Segunda Guerra Mundial, Alemania debería reunirse con representantes de las comunidades herero y nama para planear reparaciones que incluyan los daños materiales del genocidio y el sufrimiento psicológico y espiritual que ha causado más de un siglo de negación.
Esto podría adoptar muchas formas: Alemania podría comprometerse a pagar una indemnización directa, buscar la manera de regresar las tierras robadas de los hereros y namas y devolver los cráneos de las personas asesinadas en los campos de concentración. Alemania también podría integrar el genocidio namibio en su narrativa nacional mediante la educación pública y la conmemoración, y construir monumentos en los sitios donde hubo campos de concentración.
No obstante, para buscar el perdón en verdad y abordar el desastre que provocó, Alemania debe hacer algo simple: ver a los ojos a los pueblos herero y nama y escuchar lo que tienen que decir.
Kavena Hambira es presidente de Namibia Institute for Democracy y Miriam Gleckman-Krut es candidata a un doctorado en sociología.






