La jerarquía de la Iglesia Católica, siempre tan atenta a los asuntos del César, emitió un mensaje fundamental: “indudablemente, una reconciliación tiene que ser sin condiciones”. Viniendo de los obispos, que hace poco reunieron sus remembranzas selectas sobre los hechos de 2019, tales palabras son de agradecer. Es un buen mensaje, sin resentimientos. Pero podría extraviarse por exceso de candidez. Los designios del señor, de antiguo se sabe, son insondables.
El razonamiento de la Conferencia (e)Piscopal —Coco Manto dixit— es impecable. Para que haya reconciliación en el país (más bien hoy no se facilita/bendice ninguna “pacificación”), hay que dejar de lado los insultos, las heridas, los enfrentamientos, los miedos, en fin, las condiciones. Todo eso asedia o al menos limita el anhelado reencuentro entre hermanos (bueno ya, hermanas también). La reconciliación es un bien en sí mismo: necesario, apetecido, incontestable.
Claro que algunas cuestiones opacan la salida. El camino al cielo, lo hemos aprendido, está empedrado de malas intenciones. Y el oficio de preguntar es terriblemente pecaminoso, algunas veces invisible a los ojos de dios. La reconciliación sin condiciones, señores jerarcas, ¿implica olvido como no/condición para seguir adelante? ¿Hacemos nuestras memorias de los (des)hechos, nos inhibimos de mirar atrás y estamos listos? Cierto: las estatuas de sal vienen sobrando.
Para no estancarnos, ni podrirnos, en la irresoluble disputa “fraude versus golpe” (ahora reconvertida en golpe/no golpe), pregunto a los patriarcas: la reconciliación sin venganza ni condiciones que ustedes sanamente proponen sobre la coyuntura crítica de 2019, ¿supone amnistía para los responsables de las masacres de Sacaba y Senkata, de los muertos y heridos en Montero, Ovejuyo, El Pedregal, Betanzos, Vila Vila? ¿Sí? ¿No? ¿Silencio para no incriminarse?
La invocatoria eclesial es loable (“abuénense, estén juntos”), pero omite tres mundanas condiciones, imprescindibles. La primera es verdad, que nada tiene que ver con la antidemocrática imposición de un relato o, peor, una ideología. La segunda es reparación, que no se limita a decretar “Bs 50.000 por persona fallecida” (y agradezcan). La tercera es justicia, que no condice con persecución política, sino con debido proceso. Sin ello no hay reconciliación posible.
Hace mucho tiempo, el afilado Stanislew Jerzy Lec evidenció que “las heridas cicatrizan, pero las cicatrices crecen con nosotros”. Aplica a la necesaria reconciliación y sus (no)condiciones. Bienvenida pues la prédica de los respetables obispos. Abramos mentes, fortalezcamos espíritus. Pero sin impunidad. Ni simulacros.
FadoCracia letal
1. El diario verde nos regaló un prometedor ejercicio de aritmética periodística: divida número de armas entre número de miembros de un cuerpo militar y tendrá titular de primera página: “Pertrechos de Argentina no alcanzan ni para un regimiento”. Qué tal. 2. En rigor, el cálculo no fue obra del diario mayor, sino de “los peritos”. El periodista lo dispuso, lo empaquetó como noticia y se difundió. 3. Viendo bien, las fuentes informativas tampoco son “expertos” (en plural): hay un especialista en armas y un general retirado, ambos declarados opositores. 4. Viendo mejor, tampoco hay un ejercicio divisorio pertrechos/militares, sino una frase de efecto. 5. Ahora bien, convengamos en que las armas internadas al país, unas legalmente, otras de contrabando, no alcanzan ni para un regimiento. Vaya papelón. 6. ¿Pero bastarán 70.000 cartuchos calibre 12/70 AT (sin hablar de los 27 ítems declarados que incluyen pistolas, escopetas, fusiles, 2.459 cartuchos 9 MM, 2.011 cartuchos 7,62 MM y hasta dos ametralladoras) para matar, especulemos, veintiuna personas? 7. La aritmética exculpatoria, verde-verdecita-verde, da para todo.
José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.






