Aunque todavía estamos a un par de semanas del 28 de junio, quiero aprovechar este espacio para escribir acerca de un tema que siempre se me sale por la garganta cuando estoy algo emocionado: la mariconería. Y no me refiero a ella peyorativamente, sino con el más halagador de los propósitos, pues quiero relacionarla con otra palabra con la cual a muchos hombres les gusta identificarse: valentía.
El 28 de junio se celebra, como muchos saben, el Día Internacional del Orgullo LGBT, en conmemoración a una serie de disturbios acontecidos en los Estados Unidos en 1969, cuando un montón de policías trataron de reprimir a la concurrencia de un pub que entonces se consideraba escandaloso por la orientación sexual de los asistentes. Acá en La Paz hemos tenido unos cuantos desfiles desde hace algunos años, pero no mucho ha cambiado en la mentalidad de las personas. Hubo un tiempo que pensé “vivimos en tiempos más civilizados, y pronto llegará el día en el que ser hombre o mujer o lo que sea será una cuestión de elección y no de lotería”.
Me equivoqué. Primero apareció Trump, y luego Bolsonaro, y acá en Bolivia nos llegaron unas versiones piratas con Chi y Cárdenas y… el “macho” Camacho. Ellos y muchos más amenazan con retroceder la cultura política boliviana hasta la Edad Media, con biblias y todo. Pero mi optimismo regresa cada vez que recuerdo un texto que descubrí por casualidad allá por mis años mozos, cuando concluía la universidad. Me refiero a la obra El Banquete, de Platón, que narra un divertidísimo encuentro de Sócrates con sus amigos en el cual se entregan a la tarea de reflexionar sobre la naturaleza del amor.
En una nota de pie de página se hace referencia a un valiente grupo de hombres que vencieron una serie de batallas contra un ejército que se consideraba hasta entonces imbatible, los espartanos. Sí, esos mismos tipos retratados en la película 300, de Zack Snyder, como el epítome de la masculinidad, con pelo en pecho y músculos hipertrofiados y voces gruesas, dándole una reverenda paliza a miles de persas en el estrecho de las Termópilas.
Grande fue mi sorpresa cuando leí que esa misma nación, o Polis, conocida por producir los mejores soldados fue derrotada por un grupo de homosexuales. Sí, tal como oyen, fueron vencidos por hombres enamorados de otros hombres. El pueblo de Tebas llevaba perdiendo contienda tras contienda frente a los espartanos, hasta que a su rey se le ocurrió una idea algo arriesgada. Organizó un cuerpo armado compuesto por amantes, bajo la premisa de que, al estar acompañados por sus seres más queridos en el combate, lucharían con más arrojo, presionados por la vergüenza de parecer cobardes frente a su pareja.
Y funcionó. El amor nos hace más fuertes. A partir de ese momento, los tebanos, ese grupo de valientes maricas, le dieron una paliza a un ejército que hoy en día es presentado como el modelo ideal de masculinidad. Fueron bautizados como el Batallón Sagrado de Tebas, que debería ser recordado hasta el día de hoy como ejemplo para desmentir muchos de los prejuicios machistas que todavía guían la mente y las acciones de mucha gente.
Pienso en ellos cada vez que veo al “macho” Camacho, no porque lo considere rudo, sino por todo lo contrario. Porque creo que se esfuerza demasiado por parecerlo, como yo a veces, tratando de sonar intelectual. Detrás de esa fachada de arrogante bravuconería se refugia un macho que solo salió a mostrar los puños cuando su padre ya había arreglado la pelea: Un cobarde.
Carlos Moldiz Castillo es politólogo.






