Monumental investigación histórica la de Valentín Abecia López para acopiar datos sobre la vida y obra de “siete caudillos del MNR” que, en realidad son cinco, más dos cooptados accesoriamente. Como riesgosa selección en las 580 páginas de Inquilinos del poder (Ed. 3600), no están todos los que son ni son todos los que están. Ignorar a Lydia Gueiler es grave omisión no solo por tratarse de la primera mujer presidenta, sino que fue aguerrida dirigente movimientista desde los tiempos recios de lucha contra la oligarquía minero-feudal que imperaba en Bolivia. Pasar revista de las gestiones de Víctor Paz Estenssoro, Hernán Siles Zuazo, Walter Guevara Arze, Gonzalo Sánchez de Lozada y de la presencia de Juan Lechín Oquendo, Ñuflo Chávez Ortiz y Guillermo Bedregal Gutiérrez no es tarea fácil por enmarcarse en espaciostiempos- históricos disímiles de la Revolución Nacional que, obviando el interregno de las dictaduras militares, termina con la captura del gobierno por Evo Morales en 2006. Admira la paciencia del autor para recopilar un mar de detalles sobre las escaramuzas, zancadillas y diatribas fruto de la rivalidad sorda entre los caudillos, que adornan reflexiones más serias acerca de sus respectivas ejecutorias gubernativas. Redacción fluida de agradable lectura salpicada de anécdotas, unas conocidas y otras ignotas que Abecia ha recogido en múltiples entrevistas. Ese relato me preocupa por la fabricación académica que hacen los historiadores de personajes sobresalientes a los que han conocido de lejos o a través de narrativas parcializadas. En el caso que nos ocupa, ocurre que yo trabajé y cohabité de cerca con casi todos ellos. Compartí, por ejemplo, el exilio dorado de VPE en Londres, aquel como embajador y éste, siendo su secretario prolongando —luego— mis funciones a su diestra en el Palacio Quemado, durante su segunda presidencia, habiéndolo seguido, más tarde, al destierro en Lima. Años que respaldan mi juicio sobre las luces y sombras de ese singular estadista. Parejas coincidencias legitiman mi opinión sobre Siles Zuazo, Guevara y Bedregal, con quienes compartimos el agua y la sal en los años de exilio caraqueño. Con esas credenciales me animo a apoyar las analogías y contrastes que señala Abecia, en su epílogo (la más lúcida parte del libro), recordando con mi pluma lo que me decía el presidente tico Pepe Figueres: Guevara es el cerebro, Siles Zuazo, el corazón y Paz Estenssoro el brazo ejecutor de la Revolución Nacional. Por mi lado, creo que Lechín fue el contrapeso indispensable del “poder dual” y Sánchez de Lozada el visionario que adelantó el reloj de la Historia, hacia la modernidad (basta citar la participación popular como fuente de genuina distribución democrática de los ingresos fiscales del país). Luego advino en 2006 lo que comenzó con la sana intención de descolonizar Bolivia, completando la invocación de Carlos Montenegro en Nacionalismo y Coloniaje. Sin embargo, el denominado “proceso de cambio” extravió su ruta por la improvisación y la corrupción. Por ello —quizá— premonitoriamente, termino mi libro De la Revolución a la Descolonización (2006) pronosticando la situación con un vocablo en alemán: unsicherheit (incertidumbre).
Inquilinos del poder, que atribuye las derrotas a la inveterada manía de tratar de perpetuarse en el mando, será la insustituible referencia para comprender al MNR y su sólida contribución al avance de la bolivianidad. En alguna segunda edición, Abecia debería reordenar ciertas citas y datos que inevitablemente se repiten en la porción de cada dramatis personae; además, añadir un índice onomástico de los nombres citados y, quizá, un cuadro calendario de las medidas trascendentales emprendidas por aquellos caudillos.
Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.






