En una reunión José Bozo Jivaja nos preguntó: ¿Cómo debemos enseñar la historia del arte en Bolivia? Nuestro amigo José se encontró ante esta paradoja en la Escuela Andina de Cinematografía, Ukamau.
Enseñamos una historia del arte occidental/lineal/conductista/patriarcal que proyecta la formación de artistas cultivados en la individualidad y la genialidad con un objetivo: el logro de una obra única y seductora por su virtuosismo técnico. Pero, ¿esta lógica académica es adecuada para nuestra sociedad? Vivimos en una realidad social y cultural, muy particular —incluso para el sur global—, con resistencias subversivas y emergentes que generan propuestas bizarras e insospechadas. Por otra parte, ¿esa obra única puede sobrevivir en los tiempos presentes donde la reproductibilidad técnica de W. Benjamin está superada? ¿el aura artística sigue vigente?
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Enseñar contendidos anacrónicos es característico de nuestras instituciones académicas. Con soportes tradicionales (óleo, escultura, grabado, cerámica, etc.) trabajados con la mayor fidelidad a la realidad (arte protofigurativo), se piensa descolonizar el espíritu recreando temas alegóricos de nuestro mundo indígena, de nuestra pobreza o de nuestros paisajes, desechando la riqueza de otros medios creativos que, con mayor esencia y presencia, existen en el mundo popular.
Tenemos referencias que pueden ayudar a liberarnos. Insisto en una en particular. En 2004, el peruano Juan Acha, el argentino Adolfo Colombres y el paraguayo Ticio Escobar escribieron Hacia una teoría americana del arte, un libro donde se resume la tarea de comenzar una teoría, una historia; en suma, una ideología que sea el soporte estructural para la descolonización del arte en nuestra América. La tarea descrita es de largo aliento. Sin embargo, en el recorrido erradicaremos las lógicas presentes del arte comercial global que las resumo en: ser un artista winner, con altos precios en el mercado e invitado a “las europas” (pedanterías que también saborean las artistas/activistas). Por el contrario, Colombres plantea otras lógicas: “en nuestra teoría del arte funcionaría el principio de la complementariedad, de la interacción recíproca, como alternativa a las oposiciones estériles y a menudo irreductibles por la vía dialéctica del pensamiento occidental”.
Estoy convencido que primero será el concepto y luego las obras; lo que quiere decir —para una academia conceptualmente larvaria como la nuestra—, una tarea titánica. Nos descolonizaremos sobre la estructura de un nuevo edificio teórico/conceptual, y no por la astucia creativa de un joven ni tampoco por las epifanías de un colectivo de artistas.
(*) Carlos Villagómez es arquitecto







