Cada vez que se conoce de un accidente o de un ataque terrorista, lo primero que solemos hacer los medios informativos es averiguar cuántos muertos hay. Si son muchos, noticia asegurada, seguramente apertura de página y hasta de edición. Si «sólo» hay heridos, tal vez se publique una nota pequeña. Así de frío puede llegar a ser el cálculo.
Sin embargo, como han reflejado la literatura y el cine, decir heridos puede ser, a veces, mucho más doloroso que la propia muerte. Lo saben quienes apenas superado el momento traumático deben aprender a vivir con las secuelas de sus heridas.
El Festival de Cine Europeo trajo hace poco una de esas cintas a La Paz. El pabellón de los oficiales (François Dupeyron), basada en la novela de Marc Dugain, muestra el drama que se esconde detrás de la palabra «herido». Es cierto que, al final, la vida se impondrá para el soldado desfigurado horriblemente por un obús. Pero el proceso de curación, en el que ahonda el film, se queda para siempre en la memoria del espectador que nunca más podrá oír esa palabra sin sentirse conmovido.
Algo parecido hacen los testimonios recogidos por este diario entre las víctimas de los accidentes de buses en el país. Para ellos el drama no ha terminado. El miedo persiste y están los dolores por alguna fractura o la pérdida de un miembro. Claro que hay que sancionar a quienes, por irresponsabilidad, son culpables de tales injusticias.






