El mismo día en que en Bolivia estábamos celebrando algo tan importante como la decisión de nuestros antepasados de crear un país, de forjar un destino común, en Japón se conmemoraba el 65 aniversario del ataque que ha puesto en evidencia, con todo el horror, el extremo al que se puede llegar hoy en una guerra: lanzar una bomba atómica no sobre un enemigo, sino sobre inocentes a quienes no se ve a los ojos, pero que terminan siendo víctimas de las decisiones equivocadas del poder.
Dos extremos, pues, de lo que es capaz de hacer el ser humano: edificar, tener esperanzas en el futuro, legarle un país a los hijos y nietos, y destruir, considerar al otro —para el caso, los habitantes de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki— como un medio para deshacer los desaciertos de los políticos.
Los japoneses han decidido recordar a sus muertos, que al final son los muertos de todos nosotros, no con sentimientos de venganza, del ojo por ojo, sino del nunca más al error de la guerra. La señal tendría que ser leída por todos quienes habitamos este planeta: podríamos atacar a quienes nos atacaron; pero lo duro, lo verdaderamente valiente, difícil, es cortar la espiral de la violencia. Tal cual hace Japón al construir, sin que ello signifique olvidar aquel 6 de agosto de 1945.






