Los niños son el mayor tesoro de la humanidad. Tiernos e inocentes, siempre encarnan la esperanza de un mundo mejor y de mayores oportunidades. Son muchos los padres, abuelos, tíos o hermanos mayores que encuentran en ellos las fuerzas necesarias para despertar cada mañana y enfrentar sus fatigas. Es que el amor filial, por lo general auténtico y desinteresado, es una fuente segura de gozo, pues como ningún otro tiene la virtud de suspender el egoísmo, principal germen de la amargura. Verbigracia, los padres, ante las necesidades de sus hijos, deben levantar la mirada más allá de sus ombligos, problemas y carencias.
De allí que la progenitura más que una responsabilidad es un privilegio.
No obstante, en muchas ocasiones, los niños se convierten no en los depositarios de nuestro amor, sino de nuestras frustraciones.
Éste fue el caso de una niña en Cochabamba, cuya tía la forzó a sentarse en ladrillos calientes, amparada en la excusa de corregir un mal hábito. La niña ahora debe descansar recostada de barriga, mientras cicatrizan las ampollas de sus glúteos. Las heridas pronto cerrarán, no así el temor ni la vergüenza. Lamentablemente, no se trata de un caso aislado, sino de una nociva costumbre que de diferentes formas atenta contra lo mejor que tiene el hombre: los niños.






