Para asegurar el crecimiento de una sociedad, se han concentrado esfuerzos en la expansión del capital físico y la mejora de los recursos humanos.
Esta visión del desarrollo, sin ser errónea, es incompleta. Hasta ahora, empresas privadas y estatales han asumido el capital natural —que incluye los recursos naturales (bosques, suelos fértiles, cursos de agua, etc.), pero también los servicios ambientales que éstos producen continuamente (absorción y dilución de contaminantes, mantenimiento de la atmósfera, control de inundaciones, flujo de energía, etc.)— como inagotable. Sin embargo, en las próximas décadas, la disponibilidad y el costo de estos recursos cambiarán significativamente, por la degradación natural que genera el actual sistema de consumo.
En este sentido, cualquier iniciativa que busque preservar los recursos naturales debería ser bienvenida; y no saboteada, tal como ocurrió el martes, cuando un grupo de empresarios forestales —en oposición al control satelital de la explotación de los bosques— tomó el edificio donde se encontraban los ejecutivos de la ABT que explicaron este sistema.
Actitudes de esta naturaleza manifiestan rasgos de egoísmo, pero sobre todo de ignorancia, en tanto prefieren olvidar que el cuidado del capital natural resulta imprescindible para la producción sostenible de los bienes y servicios.






