Por cierto que, como bien ha señalado una activista del feminismo, es la fiesta del Carnaval una de las más patriarcales y misóginas, tanto por sus prácticas como por sus efectos. Para ejemplo basten dos imágenes. Una: varones adolescentes en las calles paceñas que, aprovechando su superioridad numérica y la licencia que dan las carnestolendas, no sólo empapan con agua a las mujeres, sino que además aprovechan para atraparlas y tocarlas. Las más desubicadas creen que ser víctimas de esta violencia sólo confirma su superior atractivo y belleza, y la celebran.
La segunda: el Comandante Nacional de Policía informando que durante los cuatro días de fiesta carnavalera la institución del orden atendió 609 casos de violencia intrafamiliar, derivados de los excesos del festejo; no es difícil imaginar que fueron mujeres la mayor cantidad de víctimas de este tipo de violencia cotidiana.
Como coincidiendo con este dato, el Observatorio del Centro de Información y Desarrollo de la Mujer (Cidem) ha publicado una relación de los casos de feminicidio registrados en todo el país durante 2010, donde se revela que de cada 10 asesinatos de mujeres, siete son motivados por el sexo de la víctima, es decir, feminicidios. Y no sólo eso, sino que casi cinco de cada 10 feminicidios fueron cometidos en el hogar por la pareja de la víctima.
La ocasión también ha servido para que, por otra parte, el Observatorio de Equidad de Género haga pública su premiación anual Comunicar con Equidad, en la que otorgó el premio ‘Libélula’ a la publicidad que aporta al reconocimiento de las capacidades diversas, del trabajo doméstico y de la inclusión e interculturalidad, así como el antipremio ‘Chulupi’ a aquellas piezas publicitarias que refuerzan roles sexistas, usan a las mujeres como objetos sexuales e infravaloran a esta mitad de la población, saludable ejercicio que pone el acento en los mensajes que, por cotidianos, abonan a la violencia simbólica.
Queda, pues, la certeza de que días como el 8 de marzo sirven no para que se recuerden los valores asociados a la femineidad, sino para exigir, como lo han hecho más de 30 organizaciones de y para mujeres en una solicitada, que se sigan promoviendo iniciativas y esfuerzos para transformar las normas y las instituciones, para construir una sociedad que para ser verdaderamente descolonizada sea, primero, despatriarcalizada. Y ésa es una tarea que compete al Estado tanto como a las personas.






