La muerte de Osama bin Laden, anunciada por el Presidente de EEUU como una acto de justicia, ha generado un debate a nivel mundial sobre los derechos humanos y su interpretación. Muchos sugieren que lo ideal hubiera sido la detención y posterior juicio del líder de Al Qaeda en un tribunal imparcial; pero que, dadas las circunstancias, las probabilidades de capturarlo vivo eran mínimas, por el peligro inminente que representaba (cabía la posibilidad de que esconda una bomba o armas entre sus ropas) pero también por los múltiples dolores de cabeza que este proceso le hubiera generado a la Casa Blanca. Lo más sencillo y expedito era, y ha sido, matarlo y echar su cuerpo al mar.
Por otra parte, autoridades de todo el mundo coinciden en afirmar que Bin Laden buscó su propio destino, y que su sanguinaria trayectoria puso en movimiento la Ley del Talión, que es también la de la siembra y la cosecha. Sin embargo, a la luz de los hechos, no se puede negar que quien gana la guerra no sólo tiene el privilegio de escribir la historia, sino también de imponer la política internacional. En efecto, si un comando de soldados iraquíes ingresara en el domicilio de George W. Bush y lo asesinara junto con toda su familia, por ejemplo, muy pocos calificarían tal acción como un acto de justicia.






