En efecto, si bien la influencia aymara en esta celebración es evidente, el origen y la esencia de esta entrada la alejan de ser una mera representación que rescata y reproduce tradiciones y herencias andinas; el Gran Poder es más bien un escenario de creación permanente de sentidos; que se manifiestan en los bailes, vestimentas e incluso en los nombres de las fraternidades. De hecho, esta fiesta puede y ha sido leída como una configuración cultural muy dinámica, que permite observar y estudiar cómo múltiples tradiciones, maneras de ver y de vivir en la sociedad se expresan y al mismo tiempo se construyen y transmiten.
Uno de los aspectos más interesantes de este universo simbólico se encuentra en la organización detrás de estas fraternidades que ingresan y permanecen ordenadas durante todo el recorrido, por filas y escuadrones. Muchos relacionan este recorrido (a modo de procesión) con su origen, que, cuenta la tradición, se remonta a 1663, con la imagen milagrosa y a la vez polémica del Señor Jesús del Gran Poder (que por entonces tenía tres rostros) entregada por Genoveva Carrión a las Madres Concepcionistas para acceder a su convento. Actualmente, aquella imagen, retocada para mostrar un solo rostro, permanece en el templo de Chijini.
Estas estructuras sociales también revelan que, contrariamente a lo planteado por Mijail Bajtín (que interpreta a este tipo de fiestas populares como periodos de transgresión, donde las jerarquías quedan suspendidas), antes, durante y después de la entrada, los diferentes actores se articulan y organizan en redes sociales que expresan jerarquías, diferencias y diversas adscripciones. Por ejemplo, cualquiera puede participar y elegir entre un sinnúmero de bailes, pero no todos pueden bailar morenada. Como bien reza una de sus melodías, primero «se debe tener platita», y ocupar una situación privilegiada dentro de la burguesía aymara emergente.
Pero así como la fiesta permite leer procesos de reivindicación, también revela algunos de los vicios y desenfrenos de nuestra cultura, como el excesivo consumo de bebidas alcohólicas; la percepción de las vías públicas como ajenas, y que por ello son usadas como mingitorios; o la falta de valoración hacia la naturaleza, manifestada en el empleo persistente de plumas y pieles de animales (muchos de éstos en peligro de extinción) en la configuración de algunas vestimentas, pese a las prohibiciones, sanciones y campañas educativas.






