Estos ataques, calificados como los peores en la historia de ese país, revelaron al terrorismo como una terrible amenaza, por su capacidad para montar y ejecutar atentados de gran envergadura en cualquier parte del planeta. Entonces, el «imperio del mal» adquirió un rostro, Osama bin Laden, y un nombre, Al Qaeda, y la administración Bush hizo de la lucha contra el terrorismo el eje central de su política. El discurso y el espíritu de la guerra regresaron a Estados Unidos, que lideró las invasiones contra Afganistán e Irak.
No se escatimaron gastos económicos, políticos ni morales. Se tuvo que hiperbolizar la amenaza terrorista e inventar la idea de un islam unido lanzado contra Occidente para justificar una guerra difícil de legitimar; simultáneamente, se alimentó un clima de temor e incertidumbre para reducir la capacidad crítica en la ciudadanía. Los posteriores atentados en Bali, Madrid y Londres, que buscaron castigar a los ciudadanos cuyos gobiernos colaboraron con Washington en la llamada «guerra contra el terrorismo» declarada por George W. Bush, reforzaron el temor y la sed de venganza.
Sin embargo, esta forma unilateral de actuar fue generando un amplio rechazo dentro y fuera de EEUU. El cuestionamiento cobró fuerza tras la comprobación de la inexistencia de armas de destrucción masiva en Irak, razón esgrimida para justificar su invasión, y por el uso de mecanismos contrarios al derecho internacional para enfrentar a los terroristas. El caso por ejemplo de los abusos en la prisión iraquí de Abu Ghraib o la existencia de cárceles secretas donde los terroristas detenidos eran torturados sin ser sometidos a proceso.
Diez años después, tras la muerte de Bin Laden en Pakistán, a manos de comandos norteamericanos, y la pérdida de influencia de Al Qaeda en muchos países del mundo islámico (gracias a las nuevas generaciones árabes antes que a la política belicista de Occidente) la guerra contra el terrorismo se inclina a favor de EEUU. No obstante, este éxito relativo les ha significado un alto costo. Además de las pérdidas humanas, la guerra se tradujo en una compleja y costosa burocracia en torno a la seguridad, que significó un claro deterioro en el estilo de vida norteamericano en términos económicos, políticos y de restricción de libertades individuales.
La administración de Obama se ha propuesto sustituir esta corriente belicista internacional y dar vuelta a las páginas. Queda por ver si lo consigue.






