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Casco de realidad virtual

Mi generación solo vio en películas de ciencia ficción los cascos de realidad virtual, esos artilugios que se colocan en la cabeza, montados con lentes que pasan imágenes y te separan de la realidad objetiva. Puedes escoger aventuras mil, vivir sensaciones de terror y felicidad el tiempo que te dure la batería, luego despertar y […]

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Por Édgar Arandia Quiroga
A FUEGO LENTO
La Paz / abril 10, 2021
en Voces

Mi generación solo vio en películas de ciencia ficción los cascos de realidad virtual, esos artilugios que se colocan en la cabeza, montados con lentes que pasan imágenes y te separan de la realidad objetiva. Puedes escoger aventuras mil, vivir sensaciones de terror y felicidad el tiempo que te dure la batería, luego despertar y seguir viviendo con esos mensajes en tu cerebro. Te cuesta admitir que la vida no había sido así.

Eso nos pasaba en las clases de literatura en los colegios, cuando nos obligaban a leer las novelas que estaban canonizadas académicamente como el reflejo de la sociedad boliviana, más o menos ideal y que los constructores de ese orden simbólico consideraban que las generaciones debían internalizar ese producto.

Entre ellas estaba Raza de bronce, de Alcides Arguedas (1879-1946), autor vinculado a la aristocracia paceña, dueño de enormes latifundios con indígenas que trabajaban para él y que le permitiera obtener una vida de holganza y bohemia en París, espacio considerado como Ciudad Luz, desde donde se exportaba el positivismo, la idea de progreso ilimitado y la supremacía de la raza blanca y la cultura occidental.

Este casco con el que escribió su novela contenía toda esa idea mundo del que procedía, desconocía el universo simbólico indígena y, secretamente, lo abominaba; es así que en tono desdeñoso relata un ritual lacustre de fecundidad, donde los trataba como “los pobrecitos hombres”; en otro párrafo, asegura sobre el personaje Choquehuanca: “Su rostro cobrizo y lleno de arrugas acusaba una gravedad venerable, rasgo nada común en la raza”.

Cuando hablaba de los patrones, argumentaba con éstos sobre la imposibilidad de la redención indígena: “Por otra parte, ellos nunca habían visto descollar a un indio, distinguirse, imponerse, dominar, hacerse obedecer de los blancos. Puede sin duda cambiar de situación, mejorar y aún enriquecerse, pero sin salir nunca de su escala, ni trocar de inmediato, el poncho y el calzón partido, patentes signos de inferioridad, por el sombrero y la levita de los señores.” Para el indígena, esto se trocó en una danza que ridiculizaba a los doctorcitos republicanos y pendolistas de la colonia que abusaban de los comunarios inventándose normas y engañando a sus líderes para avasallar sus tierras.

Arguedas, en su novela supuestamente “indigenista”, re-fosiliza su orden simbólico cada vez que la emoción literaria le hace perder su guion preestablecido por su casco virtual obtenido en París y consolidado en la república criolla con su estructura de jerarquización pigmentaria. Otro tanto ocurre con la novela Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre (1843-1888), nacido antes que Arguedas y en cuya memoria estaban frescas las republiquetas y las organizaciones de resistencia contra la colonia, durante la Guerra de la “independencia”. Devela su irrefrenable desprecio por el quechua, lengua que seguramente hablaba y que para el medio en que se vivía, era signo de barbarie; así en un párrafo de su novela, se espanta: “Me volví con un esfuerzo a un lado, y vi en cuclillas y arrimado a la pared de piedras toscas sin cimiento, a un indio viejo con montera abollada y poncho negro que le cubría todo su cuerpo hasta los pies. —¿Dónde está Alejo? Le pregunte en quichua, o más bien en ese feísimo dialecto de que se sirven los embrutecidos descendientes de los hijos del sol.” Javier Sanjinés, en su texto El espejismo del mestizaje concluye que Aguirre trataba de apartar al indígena, “de negarle la posibilidad alguna en la construcción nacional”.

Se hace ocioso mencionar a Gabriel René Moreno, cuya virulencia contra los indígenas de las tierras altas y bajas era constante. En Bolivia, una importante universidad lleva su nombre como homenaje, no solo a su erudición como un notable bibliógrafo, sino también como vigilante del orden simbólico criollo republicano que sirve para reproducir la falacia de la supuesta superioridad blanca y garantizar su universo social, tarea delirante y engañosa de las clases hegemónicas, por el rumbo imparable que toma la historia.

Estos discursos narrativos fueron pasados por los cascos virtuales de las clases de literatura a generaciones de jóvenes que renegaron de su pasado y cuyo modelo original fue la Historia de la Villa Imperial de Potosí de Arzáns Orsúa y Vela.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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