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La Primera Dama

Bolivia vuelve a tener una Primera Dama, luego de la posesión del nuevo gobierno y del presidente Rodrigo Paz que se rige por el lema “Dios, familia y patria”. La presencia tradicional de esta figura femenina, encarnada ahora en María Elena Urquidi, marca una distancia que contrasta con lo que fueron los últimos 20 años. […]

Paz y el gran engaño
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Por Drina Ergueta
TEXTURA VIOLETA
La Paz / noviembre 20, 2025
en Columnistas, Opinión

Bolivia vuelve a tener una Primera Dama, luego de la posesión del nuevo gobierno y del presidente Rodrigo Paz que se rige por el lema “Dios, familia y patria”. La presencia tradicional de esta figura femenina, encarnada ahora en María Elena Urquidi, marca una distancia que contrasta con lo que fueron los últimos 20 años.

En el acto de posesión, se la vio cruzar la plaza Murillo muy elegante bajo un paraguas que le sostenía otra persona, sin que ese acto —calificado como servil en redes sociales— afecte su semblante sonriente. Su aire sereno, discreto y de elegancia fue resaltado por los medios, además de que dedicaron espacio y tiempo al vestido blanco que utilizó, su diseño y autoría.

De esa manera, volvió a las banales páginas sociales una figura que complace a una parte de la sociedad, para la que la presencia de Urquidi —guapa, delgada y blanca— “encaja” en el traje y rol. Son las mismas voces que desde el racismo se mofaran de que la hija indígena de Evo Morales, Evaliz, luciera un modelo Chanel.

El problema está en que desde esta aparente banalidad se construyen modelos referentes de personas. Se socializa lo que es agradable o desagradable tanto en lo físico como en la actitud ¿Qué más ideal que una mujer serena y discreta? Por supuesto que una contestona y reivindicativa no gusta. Una loca, horror.

También, así, se establece con nitidez la identificación con una imagen y lo aspiracional como referente social; sin embargo, para una mayoría boliviana, con una alta población indígena, ese “modelo ideal” es muy lejano, poco representativo y su exaltación mediática y en redes sociales es simplemente racista y clasista, categorías que en Bolivia van ligados.

Por otra parte, el rol de la Primera Dama fue acertadamente anulado en las últimas dos décadas en sentido de que ¿qué razón hay para colocar a la esposa de un presidente en un cargo, con oficina y personal? Más si eso representa un gasto público, que lo paga toda la población.

Hasta el momento en que se escriben estas líneas, el actual gobierno no hizo referencia al tema; sin embargo, en los medios se da por hecho que ella asumirá el tradicional rol de hacer obras caritativas hacia la niñez y personas mayores, entre otras actividades con la sociedad. Es decir, un rol patriarcal en el que a la Primera Dama se la encasilla en labores relacionadas con el cuidado, pero, además, desde lo superfluo ya que no hace ni participa en elaborar ni aplicar políticas sociales, que son muy importantes, o cualquier otra política de Estado. Es algo así como una figura decorativa a la que le dan algo en qué entretenerse.

¿Y por qué tendría que participar en las decisiones de gobierno? No hay razón para ello. De hecho, lo de “Primera Dama” es muy cuestionable: ¿cómo se ha ganado ese lugar? Estar casada con el Presidente le da esa posición, es “la mujer de”, es como un apéndice de él, no tiene autoridad ni lugar propio. Nadie ha votado por ella. En la administración del poder en las comunidades indígenas del altiplano, existe la figura dual chacha-warmi, donde parejas de hombre y mujer dirigen la comunidad por turnos electos de manera rotativa. Eso es distinto, allí sí hay un mandato.

Finalmente, Paz pone a la familia por debajo de Dios y por encima de la patria, en ese orden. Con una visión muy religiosa y tradicional, plantea que la familia es la base de la sociedad y muestra una familia modelo de revista, muy sólida, unida y numerosa, donde primaría el cariño y el respeto.

Es una imagen muy contrastada con la que deja Evo Morales, soltero e informal con sus variadas parejas, indecente y delincuencial si se demuestra que tuvo a menores de edad como novias, irresponsable con su descendencia, alguien para el que la familia era un elemento de riesgo y de distracción en su actividad política. Una imagen muy contrastada también con la del expresidente Luis Arce, que acabó su gestión con una mujer con su hijo en brazos reclamándole manutención a las puertas del Palacio de Gobierno, mientras que su avergonzada esposa, que no ejerció como Primera Dama, esperó a que él deje el cargo para pedir el divorcio.

Ante esos dos últimos referentes, la nueva familia gubernamental se muestra ideal; sin embargo, los tres ejemplos tienen en común el patriarcado. Con o sin Primera Dama, estas mujeres son secundarias o complementos pasivos del hombre que es el que decide, manda y hace.  Eso es lo que hay que cambiar, establecer nuevos referentes.

Drina Ergueta
es periodista y antropóloga

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