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Esperando el ajuste

Las expectativas de la población son actualmente positivas y son un activo a aprovechar

Izquierda, año cero
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Por Armando Ortuño Yáñez
VIRTUD Y FORTUNA
/ noviembre 29, 2025
en Columnistas, Opinión

Convengamos que es pronto para emitir evaluaciones sólidas sobre el desempeño del gobierno en la gestión económica. Sin embargo, es posible detectar algunas de las tensiones que se tendrán que ir solucionando. Por lo pronto, la estrategia de estabilización sigue poco clara en medio de una llamativa debilidad de la comunicación gubernamental. Persisten incertidumbres en la secuencia de las acciones y las prioridades del corto y largo plazo. A ratos, hay un exceso de confianza en las expectativas positivas que se han generado, mientras se intuye una notable fragilidad política que puede complicar los escenarios futuros.

Estabilizar la economía en un contexto de alta inflación y fuertes desequilibrios macroeconómicos no es una tarea fácil ni exenta de peligros. Requiere una combinación inteligente de capacidades técnicas, habilidad política, potencia comunicacional y sobre todo una buena lectura de las oportunidades y riesgos del contexto. No hay receta para esa faena, sus posibilidades de éxito dependen de las particularidades de cada momento.

Lo invitamos a leer: Las tensiones del equilibrismo

Por esa razón, siempre he sido escéptico con las interpretaciones de moda sobre la supuesta facilidad del ajuste que necesitaría nuestra economía para encarrilarse. Aunque, nuestro país tenga historia en estos aspectos, considerando los planes de estabilización de 1956 y de 1986, ni los contextos ni la naturaleza específica de la crisis son las mismas.

Por tanto, trasplantar la experiencia del 21060 al presente no es posible, salvo en sus grandes orientaciones. Ciertamente, esa experiencia fue una terapia de shock, pero también varias de sus reformas se fueron haciendo paulatinamente, el conjunto tomó casi diez años. De ahí viene la idea de primero estabilizar y luego, sobre esa base, proceder a reconstruir la arquitectura de largo plazo de la economía para reactivarla.

Es decir, la hipótesis de un ajuste liberal rápido y estructural con éxitos de corto plazo y sin contratiempos, siempre fue más un mito que una realidad. Por tanto, se entiende la dificultad del gobierno para estructurar un plan realista y eficaz en tan poco tiempo, cuando recién está recabando la información y se está dando cuenta de las complejidades del Estado, que por muy “cloaca” que parezca a sus ojos, tiene que seguir funcionando y es muy diferente al que existía antes del 2005 para bien y para mal.

Pero, esa necesidad de adaptación tampoco justifica las pocas certezas que se están transmitiendo. En discursos recientes, el horizonte de las medidas nodales parece alejarse, de unas semanas, pasamos a meses e incluso a un semestre para tener un nuevo esquema cambiario o definiciones sobre la política de subvenciones. Se argumenta que se necesita consolidar ciertas condiciones previas antes de decidir: grandes financiamientos externos y reconstitución de las reservas, una estabilización de la inflación o incluso una reactivación de la economía por una supuesta mayor inversión privada.

Pero, tampoco está claro cómo conseguiremos esas condiciones sin encarar de frente los fuertes desequilibrios de precios e incentivos que están lastrando actualmente la economía. Parece difícil, por ejemplo, que la inflación se contenga y los dólares aparezcan si persiste la brecha cambiaria y un mercado negro volátil e informal, por mucho que el precio de esa divisa haya bajado en estos días, o si se puede sostener la frágil estabilidad en el abastecimiento de gasolina si no hay señales de que pagaremos con dólares contantes y sonantes nuestras facturas pendientes y futuras por ese concepto. El riesgo es quedar atrapado en un círculo vicioso: postergamos los ajustes porque no hay condiciones, pero tampoco estas aparecerán si no agarramos de una vez el toro por las astas.

Varias medidas aisladas, algunas positivas, y promesas de un mejor futuro no hacen un plan o al menos una orientación de hacia dónde vamos, en qué tiempos y con qué costos posibles. Por tanto, parece mejor tomarse su tiempo y actuar cuando se tenga un esbozo integral de la ruta y todos los decisores clave estén de acuerdo sobre ese rumbo, evitando generar expectativas exageradas que luego deriven en frustraciones.

Quizás el problema, por lo pronto, no sea la falta de plan sino una comunicación mala y una estructuración política de la coalición oficialista desordenada, fenómenos que igual hay que solucionar antes de que las batallas serias se inicien. Pero, no está demás alertar sobre la urgencia de ir definiendo y comunicando ciertos principios, orientaciones y tiempos más precisos sobre el futuro de la política económica.

En la práctica, no sería tanto un problema de gradualismo o shock, sino de encontrar una secuencia técnica y política óptima de medidas de ajuste, transformación y reactivación que hagan sentido a las elites y a la gente, de pensar políticamente las reformas en un horizonte de cinco años sabiendo lo que es urgente y lo que requerirá más tiempo.

Las expectativas de la población son actualmente positivas y son un activo a aprovechar, por supuesto, pero sin cambios en algunos fundamentos, el riesgo es que la crisis se nos despierte con mayor furor y con menos oportunidades para aplacarla, sobre todo si se cree ingenuamente que se puede transitar ese difícil camino sin un mapa y postergando las decisiones difíciles por más tiempo del deseable.

(*) Armando Ortuño Yáñez es investigador social

en tendencia: columnistasOpinión

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