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La Paz que en estos tiempos

El tránsito se detiene, pero no las secuelas de la imprevisión en una ciudad sobrepasada por sí misma.

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Por Cergio Prudencio
/ enero 26, 2014
en Voces

Vivir en La Paz se hace cada día más hostil. Paradójico, en una metrópolis tan privilegiada por el espacio natural donde se yergue, y por las mágicas energías telúricas inmanentes.

Asumiendo como inevitables las transformaciones propias del crecimiento poblacional, el dinamismo cultural, la expansión de la tecnología, la fuerza gravitacional de la política, etc., no deberíamos, sin embargo, ser condescendientes —como somos—  con la calidad de vida que en justicia merecemos los habitantes del Chuquiawu Marka.

La ciudad somatiza fuertemente hoy las omisiones de las generaciones emergentes de las últimas seis décadas. No se previó, no lo suficiente al menos.

La crisis hiperinflacionaria de los años ochenta dejó al transporte librado a iniciativa privada, y al Estado (en todas sus expresiones) sin presencia en la provisión de este servicio social de primera necesidad. Y no fue una salida meramente coyuntural, sino de largo plazo; plazo durante el cual la relación oferta/demanda incubó un monopolio poderoso y un consecuente pésimo sistema de locomoción pública ya proverbial en Nuestra Señora de La Paz.

Las respuestas del Estado ante semejante anomalía —puestas en marcha recientemente— son por supuesto bienvenidas, aunque evidentemente no alcanzan para desmantelar el aparato depredador y menos para atender debidamente esta prestación. No en el corto plazo, al menos.

Las imprevisiones de otrora muestran hoy además consecuencias derivadas. Ante la debilidad del transporte, el ciudadano procura el vehículo propio. Con una economía en franco crecimiento y con una incorporación descontrolada de motorizados, el acceso a ellos es prácticamente irrestricto. Y qué bueno, pudiéramos decir, siempre y cuando centenares de miles no nos estuvieran llevando cotidianamente al suplicio urbano, donde ya no sólo es problema el servicio de transporte como tal, sino el desplazamiento por la ciudad. En auto propio o pagando un pasaje (sin hablar de tarifas), los ciudadanos estamos ahora de cualquier manera atascados en alguna calle de esta urbe singular.

El tránsito se detiene, pero no las secuelas de la imprevisión en una ciudad sobrepasada por sí misma. Ruedan y ruedan motores y motores, ofreciendo emanaciones tóxicas a diestra y siniestra con una impunidad indigna de la ciudadanía. Humo a los pulmones, humo a los árboles, humo al pancito de la esquina, humo a los niños en la escuela, humo al cielo azul, humo a la cara, humo, humo hasta nublarnos la conciencia.

No sabemos de planes ambientales públicos proporcionales a la alarma en exclamación de nuestro aire y nuestras aguas. Porque los sagrados deshielos cordilleranos pasan por el túnel de la hoyada deviniendo veneno para el riego de las verduras diarias de nuestra mesa.

¿Podríamos esperar planes ambientales públicos para la contaminación acústica? Si en La Paz no son problema el aire malo, el agua sucia, la comida contagiada, las calles atosigadas, el traslado imposible, las vías deficientes, etcétera, no habrá de ser cuestión mayor el ruido de los autos ni el de los altoparlantes desplegados cual fuerza de invasión por calles y plazas.

Se apiade el Ekheko de su natal La Paz. Así tal vez.

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