La crisis que se vive en Ucrania revela una de las expresiones más confusas de un conflicto político local con muy diversos vínculos e intereses internacionales. Esta crisis empezó hace tres meses, luego de que el entonces presidente Yanukovich decidiera no dar curso a un tratado comercial con la UE y acercara su política exterior aún más hacia Rusia. Por este hecho, que se sumó a una larga lista de denuncias de corrupción, el entonces mandatario fue depuesto luego de violentas manifestaciones. Tras la huida de Yanukovich a Rusia, los ciudadanos prorrusos de Crimea (una región autónoma al sur de Ucrania) se movilizaron para deponer a las autoridades locales, y las reemplazaron por otras, favorables a la anexión de esa península al país vecino. Rusia decidió entonces movilizar tropas en apoyo de ese movimiento gestado desde el Kremlin. En el hemisferio occidental, EEUU y la UE vienen esgrimiendo todos los esfuerzos diplomáticos a su alcance para contrarrestar la escisión ucraniana, que representaría una reconfiguración de las esferas de influencia rusas. En un mundo sacudido por los conflictos no resueltos en Afganistán, Siria, Sudán y otros lamentables ejemplos de carnicería humana, es de esperar que en este nuevo conflicto se imponga la paciencia, la habilidad y la voluntad política, sin desatar una nueva guerra.
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