Desde la pandemia, cuando las tasas de suicidio, ansiedad y depresión entre adolescentes aumentaron, los formuladores de políticas de todo el mundo han presionado para que los recursos de salud mental estén más ampliamente disponibles para los jóvenes a través de programas en las escuelas y en las plataformas de redes sociales.
Esta estrategia está bien intencionada. La terapia tradicional puede resultar costosa y llevar mucho tiempo; el acceso puede ser limitado. Por el contrario, las intervenciones “ligeras” a gran escala (ofertas de TikTok de la Escuela de Salud Pública de Harvard, talleres para afrontar el duelo en la secundaria) tienen como objetivo llegar a los jóvenes donde están y a un costo relativamente bajo.
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Pero ahora hay motivos para pensar que este enfoque es arriesgado. Estudios recientes han encontrado que varios de estos programas no solo no lograron ayudar a los jóvenes, también empeoraron sus problemas de salud mental. Comprender por qué estos esfuerzos fracasaron puede arrojar luz sobre cómo la sociedad puede (y no puede) ayudar a los adolescentes que sufren de depresión y ansiedad.
Me aventuraría a dar tres explicaciones para el fracaso, todas las cuales encajan con lo que otras investigaciones nos dicen sobre la salud mental de los jóvenes.
En primer lugar, al centrar la atención de los adolescentes en los problemas de salud mental, estas intervenciones pueden haber exacerbado sus problemas sin saberlo. Lucy Foulkes, psicóloga de Oxford, llama a este fenómeno «inflación de prevalencia», cuando una mayor conciencia de las enfermedades mentales lleva a la gente a hablar de las luchas de la vida normal en términos de «síntomas» y «diagnósticos». Este tipo de etiquetas empiezan a dictar cómo las personas se ven a sí mismas, de maneras que pueden llegar a ser autocumplidas.
Una segunda posible explicación de por qué estos programas fracasaron es que se proporcionaron en el lugar equivocado y a las personas equivocadas. Y una tercera explicación posible es que estas intervenciones ofrecieron suficiente información para resaltar un problema, pero no suficiente para solucionarlo.
La dura verdad es que las crecientes tasas de depresión y ansiedad en los adolescentes presentan un problema estructural que requiere soluciones estructurales, incluida la formación de una fuerza laboral mucho mayor de terapeutas. En los entornos escolares, crear más oportunidades para que los jóvenes establezcan relaciones con los adultos a través de clases más pequeñas y un mayor acceso a consejeros vocacionales tradicionales podría cambiar la situación más que los planes de estudios especializados en salud mental. Otros cambios, que parecen más prosaicos, como comenzar la escuela más tarde para fomentar el sueño, disminuir la carga de las tareas escolares y crear más oportunidades para el juego, el ejercicio, la música, las artes y la participación comunitaria, son estrategias respaldadas empíricamente para mejorar la salud mental.
Mientras tanto, quienes ofrecen orientación sobre salud mental, tanto en línea como en la escuela, deben tener cuidado. Es fundamental seguir el ritmo de la evidencia y atender al primer principio de todos los proveedores de atención médica: primero, no hacer daño.
(*) Darbe Saxbe es psicóloga y columnista de The New York Times






