Hace unos años, en un arranque de desprendimiento en favor de la conservación del planeta, Bolivia renunció a una carretera que hubiera disminuido el precio de la leche y la carne a la mitad, condenando a los niños de este pobrísimo país a continuar escuchando en las tripas el concierto de unos batracios desafinados.
A diferencia de la frustrada carretera por el TIPNIS, el debate sobre el camino a Buena Vista no gira en torno a si debe o no construirse, sino por dónde debe construirse.
A nadie parece importarle que Luis Fernando Camacho hubiese realizado una agresiva campaña para ganar la gobernación prometiendo que construiría la carretera que hoy aborrece. Ni que, con su eterna sonrisa, pusiese su rúbrica en el convenio intergubernativo para la construcción de la misma, tampoco parece importar que el diseño de la cuestionada vía hubiese sido realizado por la propia gobernación.
Que Bolivia es el país que tiene menos carreteras del continente, también carece de importancia. Este es un tiempo veloz, feroz, en el que los argumentos se han devaluado, y las palabras, han perdido tangibilidad y consistencia.
Por cierto, aquel renunciamiento boliviano a favor del planeta pasó desapercibido para el primer mundo, ocupado como estaba en contaminar ríos y mares, por lo que ni siquiera dio las gracias al país de suicidas, que prefirió morir de inanición teniendo alimentos al alcance de la mano.
El país de masoquistas poco a poco dejaría de movilizarse por pan y trabajo, para comenzar a marchar por valores propios de la clase media, como la libertad de expresión o la defensa del medio ambiente, dejando en el olvido aquellas marchas sin glamour por la canasta familiar.
Bolivia no volvería a ser quien fue. Aunque para jolgorio de los infectados con la peste del olvido, una reciente encuesta sostuvo que el país estaba “igual o peor”, tras 16 años de gobiernos del MAS.
Entusiasmados con el recibimiento de miles de personas que, con pañuelos blancos y lágrimas en los ojos, salieron a abrazar a los marchistas del TIPNIS, Fernando Vargas y las ONG ambientalistas decidieron fundar un partido para captar los votos de los defensores de la Madre Tierra, gran parte de ellos con residencia en la zona Sur de la ciudad, quienes suelen tener un vehículo para cada miembro de la familia.
Tanto en la carretera a Buena Vista como en la del TIPNIS, los medios construyeron “al demonio destructor del medio ambiente”, que resultó ser un campesino flacucho que jamás había tenido zapatos, a quien le costaba tragarse las aspirinas porque no tenía la costumbre de tomar medicamentos.
La resistencia de los cívicos a la carretera a Buena Vista se parece a la actitud de una quinceañera despechada, quien necesita asegurarse una mínima victoria cuando ya lo ha perdido todo.
Según el ingeniero Javier Durán, fundador del Colegio de Ingenieros de Santa Cruz, la mencionada carretera tiene más de 200 años y los acuíferos están a más de 300 metros de profundidad, por lo que “por ningún motivo” se afectarán las fuentes de agua que proveen del líquido a Santa Cruz, sostuvo.
Para ganar la batalla por el sentido común, los medios divulgan que la carretera destruirá los acuíferos que supuestamente estarían a ras del suelo. Hace unos años, dijeron que había muerto un niño en Chaparina. Nadie murió en Chaparina, solo murió un poco más la credibilidad de los medios de comunicación.
(*) Willy Maydana Esprella es economista






