Los últimos días no han sido los más felices en el campo internacional para ese tema tan complejo y recurrente como el de la inmigración ilegal que irrumpe en cualquier parte del planeta. Lo triste es que este flagelo que azota a veces inesperadamente a poblaciones enteras, escapa al control o a la prevención de los organismos internacionales que supuestamente estarían llamados a actuar oportunamente.
Aparte de la guerra sin fin entre Rusia y Ucrania que ya provocó millonario flujo de refugiados principalmente hacía Polonia, se suman —ahora— 100.000 personas que huyen de las montañas de Nagorno-Karabaj ante la repentina invasión septembrina de fuerzas militares de Azerbaiyán, que en 24 horas demolieron el sueño de crear una imaginaria república independiente en 6.000 km2, en pleito irresuelto con Armenia que protegía esa iniciativa. La Unión Europea, preocupada por la incontenible ola de migrantes africanos que irrumpen en sus playas arriesgando sus vidas, convocó el 5 de octubre en Granada a la cumbre que (entre otros temas) fracasó en su intento de fijar una política común sobre migraciones, más flexible, porque dos de sus miembros, Polonia y Hungría, opusieron su veto. Incluso el papa Francisco, en su memorable visita a Marsella el 23 de septiembre, en vibrante discurso reclamó actitudes más humanas para el trato a los refugiados.
No es novedad la controversia que respecto a la recepción o al rechazo de migrantes divide a la clase política en Estados Unidos. Durante el gobierno de Trump se comenzó a erigir un muro en su frontera sur con México, obra interrumpida por su sucesor Joe Biden, pero hoy ocurre que éste dio marcha atrás y anunció que continuará con esa construcción para contener a los miles de impetrantes agolpados en la frontera. Por añadidura, Biden acaba de suscribir un acuerdo con Venezuela, por el cual aquellos de sus connacionales que ingresen o hubiesen ingresado ilegalmente serían devueltos por vía aérea a su país de origen. Cómo explicar este curioso viraje si no es por la proximidad de las elecciones americanas y la necesidad de cautivar a los electores republicanos adversos a recibir a los ilegales.
También, en todos los países europeos el factor inmigración se ha convertido en punto principal de la agenda electoral reviviendo (incluso en Alemania) épocas de chauvinismo y de racismo disimulado. Los partidos políticos que enarbolan esa tendencia acumulan fuerte respaldo popular.
Por otra parte, este factor es además moneda de cambio para algunos países como Túnez que aceptan cierto tipo de cooperación económica para retener dentro de su territorio a la masa de candidatos a emigrar surcando el Mediterráneo. Aquel negocio fue provechoso para la Turquía de Erdogan, que en años anteriores evitó la masiva invasión migratoria hacia la Unión Europea, a cambio de 3.000 millones de euros.
Los grandes beneficiarios de esta corriente clandestina son los “coyotes” o traficantes que por dinero ofrecen rutas de ingreso no siempre seguras. Ello sucede también en el acceso a Estados Unidos, a través del Río Bravo.
¿Hay solución? Alguien apostó por ninguna, salvo de darse cuenta que los migrantes son como las moscas que pululan en el Sur, ansiosas por la miel que existe en el Norte. ¿Habría quizá que trasladar algo de miel al Sur?
Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.






