Tras varias semanas de mucho movimiento, en esta me había sentido muy tentada a escribir sobre nuestro principal conflicto político (partidario) local. O, más bien, ahondar en la falta de responsabilidad respecto al futuro del proyecto de Estado que ambos bandos están develando en medio de su pugna. Pero resulta imposible continuar en el plano local cuando el bombardeo a un hospital en Gaza quiebra la agenda noticiosa global a media semana. Si a lo largo de este mes venía siendo muy triste tener como certeza la falta de sorpresa ante las acciones de los hombres de las guerras que están (o, más bien, siguen) dispuestos a hacer hasta lo más criminal para lograr sus objetivos, resulta aún más devastador asumir la imposibilidad real de que lleguemos a conocer la verdad sobre este hecho concreto o toda la sucesión de los hechos de estos días.
Si algo nos está develando la barbarie que se cierne en Medio Oriente (principalmente Gaza) en estas semanas es que lo que conocíamos como universo de la información está completamente fracturado. Ya sabíamos (o ya estábamos acostumbrados) a la frase que señala que en una guerra, la primera víctima es la verdad. Pero, en una época como esta en la que existen maquinarias altamente tecnologizadas que están trabajando continua y abiertamente para imponer sus narrativas sobre este genocidio, lo único que está quedando es la condena a que todo flujo/intercambio de datos sea un acelerado escenario de producción de sesgos cognitivos antes que un espacio posible de consecución de información.
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En este entorno mediático-digital díscolo y fragmentado, la guerra nos está siendo transmitida por TikTok, desde todos los ángulos y recortes de conveniencia que nuestro algoritmo elija que debemos presenciar. Esta tragedia nos encuentra en un momento en el que, de acuerdo con el informe sobre medios 2023 de Reuters, “la inquietud pública por la desinformación y los algoritmos está cerca del pico histórico”. Encima, nos toca acudir al horror de turno, en un tiempo en el que, de acuerdo con el mencionado documento, el acceso a noticias es menos frecuente que en el pasado, y las audiencias también muestran menos interés en ellas. Ya lo señalaban informes anteriores: muchas audiencias —sobre todo juveniles— prefieren no consumir las noticias con el fin de evitar un impacto en su estado anímico.
Con la realidad-pantalla recortada, el autocuidado por el ánimo (en realidad, una forma de hacerle el quite a la realidad), con las reglas del juego cambiadas arbitrariamente por las empresas (pensemos solo en Twitter), con el algoritmo determinando lo que nos toca ver en nuestro cada vez más principal medio de información (el celular) y con la imposibilidad concreta de contar con periodismo y medios plurales y contrahegemónicos in situ en Gaza en este momento, están dadas todas las condiciones para que la verdad sea derrotada.
En 1993, la premio Nobel polaca Wislawa Szymborska evocaba en su poema Fin y Principio a aquellas cámaras que miraban hacía la guerra pero que en cualquier momento iban a partir hacia otra y, en consecuencia, “aquellos que sabían/ de qué iba aquí la cosa/ tendrán que dejar su lugar/ a los que saben poco. Y menos que poco. E incluso prácticamente nada”. La diferencia —30 años después— es que esos que sabemos poco o prácticamente nada somos ya todos.
(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka







