Es indudable que para finales de 2019 el escenario social de los bolivianos había cambiado radicalmente. El ascenso vertiginoso de sectores populares a la franja variopinta de clases medias había ocasionado una molestia para aquellos grupos, que suponiendo tener un derecho propietario de status, exigían de los recién llegados moderación. Pero fue tal la contundencia de esa cercanía social, que quizá no quedó otra que ser asumida casi como un “mal necesario” por estas mismas minorías tradicionales.
Pudo haberse igualmente abierto la “necesidad” de consagrar este mismo escenario social de clases por medio de un linchamiento, que luego de haber montado sobre los hombros del expresidente Morales la cruz del “falso profeta y su falsa revolución”, diera paso, a su vez, a una suerte de bautizo de los recién llegados, y con ello fueran por fin bienvenidos al viejo club privado de clases medias.
Lea también: La caída de un ídolo
Mas esta bienvenida no podía ocurrir sin que antes los “nuevos” expulsaran de sí toda culpa signada en la evidencia de su origen y que los podría delatar próximos al culpable. Porque cuando se apersona el tiempo de un linchamiento se apodera de la sociedad la cruenta vara que separa culpables de inocentes, y es lógico que nadie desee pertenecer a los primeros, aunque es algo que debe ser probado abiertamente, como en cualquier cacería de brujas. De ahí el peregrinaje que significó para el recién llegado a las clases medias el ser visto en las calles, agarrando caporalmente a chicotazos a su indio ancestral, porque si debía demostrar que era uno de los suyos debía hacerlo, incluso, hiriendo a sus más profundos íntimos.
Vale decir que este ritual de iniciación por poco nos hizo creer que estábamos frente a un país de sectores populares conservadores y de élites blancas revolucionarias, que la justicia venía de mano de los históricamente injustos, y que dicho calvario sentaría las bases de una hermandad inédita entre bolivianas y bolivianos. Pero la trama oculta de los hechos nos develó, con el tiempo, que los bautizados no podían ver que el flagelo no era sino una autoflagelación, una expropiación de su propia palabra, porque su castigo iba dirigido a nuestro patrimonio como bolivianos, contra nuestra propia forma de ver la vida y de ser en el mundo, y que con ello aseguraban las bases, más bien, de un compadrazgo de miradas que irían por encima del hombro (¿entre clases medias de primera y clases medias de segunda?). Algo semejante a imaginarnos la inclusión como exclusión renovada bajo la frase: te reconozco, mas nunca como igual.
Podemos decir, con lo dicho, que el momento se prestó para que bajo el auspicio, liderazgo, vigilancia y celebración de las clases medias tradicionales, se llevara a cabo un bautizo donde buena parte de las nuevas clases medias, de origen popular, darían prueba de su «lealtad de clase media» castigando al sector popular de donde provenían.
Ante lo mencionado, está claro que a las bolivianas y bolivianos nos sucede presenciar estas ceremonias del castigo cada cierto tiempo, pero nunca lo habíamos hecho frente a tan acentuado protagonismo de las clases medias; mostrándonos también que el único artículo de la constitución moral de la sociedad que no pudo ser derogado por el proceso de cambio fue el de la dominación blanca, más allá de sí haber conseguido un significativo equilibrio de fuerzas entre los distintos grupos sociales del país.
(*) Sergio Velasco García es antropólogo






