Cuando se habla de “la Iglesia” en el sentido común, la referencia inequívoca en el país es la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Se asume también que esta Iglesia es una y única. Esta cualidad parece estar en cuestión, o al menos en debate, con el surgimiento de una autodenominada Iglesia Católica Nacional. Esta “otra” iglesia está conformada por sacerdotes que fueron excluidos de la Iglesia “oficial” por haberse casado y tener hijos.
Preocupada por esta situación, la Conferencia Episcopal Boliviana (CEB) se pronunció públicamente advirtiendo a sus feligreses tres cosas: que la Iglesia Católica es una, única y “universal”; que los sacerdotes dimitidos y suspendidos no pueden celebrar misa ni oficiar sacramentos; y que los fieles deben estar atentos y “no dejarse engañar” para evitar confusión y otras consecuencias graves. El reto es mantener la unidad y cuidar la fe. Más allá de la presencia de la Iglesia Católica Nacional, que tendría más de 50 sacerdotes, y del comprensible cuestionamiento y advertencias emitidos por la CEB, es fundamental reafirmar dos principios constitucionales. El primero es que se respeta y garantiza la libertad de religión y de creencias espirituales. Y el segundo es que el Estado es independiente de la religión, es decir, un Estado laico. Lo demás es cuestión de fe.






