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Retorno a las raíces

A mis 10 años abandoné Quillacollo con este bagaje de recuerdos y el quechua como segunda lengua.

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Por Carlos Soria Galvarro
/ septiembre 25, 2016
en Voces

La provincia Quillacollo comprende ahora cinco municipios: la ciudad capital, que lleva el mismo nombre; Tiquipaya y Colcapirhua, al este; Vinto y Sipe-Sipe, al sudoeste (municipio en el que está el poblado de Parotani, donde casualmente yo nací). Poco tiempo después, al conseguir mi padre un empleo estable que le ahorró el deambular por el valle en busca de trabajo, la familia se trasladó a Pairumani, al pie de la cordillera.

Mis recuerdos más lejanos llegan a esta hacienda trasplantada de Europa que, sin dejar de producir ganancias, debía servir de residencia campestre de los Patiño. La mansión Villa Albina, con jardines de ensueño, pero cercada con altos muros y enredaderas, esperaba a los dueños que nunca llegaron. Muy cerca, el mausoleo donde al final arribaron los restos de los Patiño. Un poco más arriba, las oficinas, los establecimientos agroindustriales y las viviendas de empleados y de obreros (separadas y muy diferentes las unas de las otras, al igual que en los campamentos mineros).

En ese mundo mágico transcurrió mi primera infancia, interrumpida bruscamente con el ingreso a la escuela en el mero pueblo que ya se iba perfilando como ciudad, aunque mantenía aún sus tres campos feriales semanales: la waca playa (ganado), la plaza de granos y la plaza de papas, esta última en lo que hoy es la pujante plaza Bolívar. Un camión de la empresa transportaba a la chiquillada en el trayecto de Pairumani a Quillacollo y viceversa, haciendo del viaje una fascinante aventura diaria. Las primeras letras y las “lecciones de cosas” fueron una experiencia deslumbrante a la que ingresé de la mano de la maestra inolvidable, Corina Candia Peñaloza.

Al año siguiente, mi padre consiguió un trabajo mejor remunerado y nos fuimos a vivir a la Villa Moderna de Quillacollo, a una modesta casa que, sin luz todavía, alquilamos a Cancio Carreño, hombre rudo y exigente, pero que resultó ser un ángel comparado con su esposa, quien se empeñó en convertir en un calvario nuestra situación de inquilinos pobretones.

Vinieron años de impresiones muy intensas. Viví el paso de miles y miles de pobladores campesinos e indígenas que se dirigían a Ucureña para asistir a la firma el Decreto de la Reforma Agraria, utilizando camiones, buses, volquetas, vagones de carga, plataformas planas de ferrocarril y cuanto vehículo rodante encontraban; mi padre los saludaba con alegría desbordante, estrechaba manos, repartía cigarrillos y los alentaba con palabras cálidas en quechua. Después, los miedos pueblerinos al escuchar el sonido de los pututus por las noches y los temores de una invasión y saqueos que nunca se produjeron. Y también la fiesta anual de la Virgen de Urkupiña, entonces esencialmente rural, antes que citadina.

En años que no puedo precisar, hubo fenómenos naturales impactantes. Una plaga de langostas que arrasó con los cultivos y oscurecía el cielo en sus movimientos de traslado. Una terrible sequía que obligó a rogativas en noches de luna; salíamos en bandadas haciendo sonar latas y cacharros repitiendo a voz en cuello ¡Yaku, tatay! (¡Agua, padre mío!).También una fuertísima nevada, que no se ha vuelto a ver en más de medio siglo, dejó en los campos un tendal de pajarillos muertos por el frío.

A mis 10 años abandoné Quillacollo con este bagaje de recuerdos y con el quechua como mi segunda lengua, y que a pesar del tiempo transcurrido conservo por lo menos en parte. Mis colegas periodistas, por el simple hecho de haber nacido y crecido allí, propusieron mi nombre para recibir una medalla conmemorativa otorgada por el Concejo Municipal. Agradecí por esta distinción y la interpreté como una invitación al rencuentro con las raíces.

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