El viernes, la OMS aprovechó la celebración del Día Mundial de la Salud para resaltar que si bien la medicina ha avanzado a pasos gigantescos en los últimos años, cada vez son más las personas que padecen trastornos mentales, y en especial depresión.
Según explicó la Directora de la OPS, esta enfermedad, que afecta a más de 300 millones de personas en el mundo (el 17% de ellos latinoamericanos) sin discriminar por edad, raza o historia personal, “puede dañar las relaciones, interferir con la capacidad para ganarse la vida, y reducir su sentido de autoestima”. Y a pesar de su gran incidencia y de sus terribles efectos: pérdida de energía, ansiedad, concentración reducida, indecisión, inquietud, sentimientos de inutilidad, culpa o desesperanza, desórdenes del sueño y pensamientos de automutilación o suicidio, son muy pocos los Estados que destinan fondos públicos para combatirla. Además, los prejuicios y la discriminación se constituyen en serias barreras para superar este trastorno emocional.
Por todo ello, resulta imperioso comenzar a cambiar la perspectiva de la sociedad en general y de las autoridades de salud en particular respecto a la depresión y otros trastornos mentales comunes que tienen aprisionados a millones de ciudadanos en el mundo y en el país.






