ara que el legendario Henri Kissinger (HK), cargado de sus 100 años de edad, olvide sus explicables achaques y se decida a volar el 20 de julio pasado, durante 17 horas de Nueva York a Pekín, la situación internacional está llegando al punto mas dramático de los tiempos modernos. No llevaba representación oficial alguna, sino su portentosa capacidad de análisis político y su visión de ofrecer soluciones basadas en su conocida concepción de la real politik que otrora abrió avenidas de buen entendimiento entre las grandes potencias. Por ello, el arrogante presidente Xi Jinping que se abstuvo de recibir a delegados de la Casa Blanca, acogió en la exclusiva Diaoyutal, casa de huéspedes, a quien calificó como amigo de la China en medio de superlativos ditirambos a su histórica figura. Aunque no trascendió los puntos tratados en el diálogo, se supone que HK evocó los peligros que acarrea para el planeta todo, la escalada fatal de la guerra ruso-ucraniana que, entre otros entuertos, provocó el enfriamiento de las relaciones sino-americanas. HK acude a Xi como último medio para construir un puente hacia la paz que impida el uso del recurso nuclear. Tarea difícil en ese panorama copado por la desinformación distorsionada por ambas partes en conflicto, donde los únicos ganadores son los fabricantes de armamento para esta guerra que no comenzó el 24 de febrero de 2022, sino en los alzamientos de 2014. Hubo pues amplio término para evitar las hostilidades frontales, empleando la mediación diplomática que nadie ofreció, mostrando la inoperancia de las Naciones Unidas y más bien posibilitando el resurgimiento de la OTAN, colectividad que el presidente Emmanuel Macron diagnosticó en 2021 como víctima de “muerte cerebral”, implicando su inutilidad. En verdad, el asedio de la OTAN que Putin trató de evitar en sus fronteras fue contraproducente y resultó —ahora— en un cerco peligroso y aunque la protección de las minorías rusófonas en el Donbás todavía persiste, su garantía tendrá que ser parte de las bases del acuerdo de paz.
Lo que asombra y alarma en este conflicto es cómo las potencias occidentales, invocando la defensa del país agredido, están prestas a poner armas y dinero a raudales, pero ni un solo soldado en el terreno, pues los muertos y heridos corren a cargo de la juventud de Rusia y de Ucrania. En el seno de la Asamblea General de las Naciones Unidas, la votación sobre la resolución de condena a Rusia fue altamente elocuente por el elevado número de países que votaron en contra o se abstuvieron, exponiendo el grado de confusión al respecto. Inclusive el emergente “sud-global” representado por el BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudafrica) hasta hoy exhibe una actitud neutral.
También cabe anotar que el pleito ruso-ucraniano está sirviendo de motivo y pretexto para alimentar apetitos insanos de política interna en el Occidente, fatigada por el costo de la guerra y también en Rusia, donde los mercenarios de Wagner ensayaron un golpe de Estado, abortado ad portas de Moscú.
Todos estos elementos nos llevan a pensar que, si no se activan los mecanismos de paz, la solución por el desastre podría ser la tenebrosa medida que precipitaría la Tercera Guerra Mundial que el experimentado HK trata de advertir.






