Qué es de las familias? ¿Dónde están? La sociedad se ha resignado a ver desintegrarse a su mejor fuente de humanidad, de lealtad, de entrega y origen de las relaciones de convivencia. A cambio observa impasible los vacíos que no puede llenar, y se engaña con respuestas de globalización, burdas muecas de supuesto intercambio y falsa comunicación.
Existe una tremenda confusión entre desarrollo y abandono. Por ese equívoco los padres delegan su derecho a educar a una pantalla de televisión que hipnotiza; a un celular que devora su tiempo y el de los niños, tiempo que debería ser entregado amorosamente al arte de vivir. Los adultos están pendientes de las redes sociales como WhatsApp y Facebook, que uniformiza sus vidas y los termina convenciendo de que los chismes son información, que los datos falsos que difunden están científicamente comprobados como ciertos, que la irresponsabilidad de los mensajes que difunden son la mejor forma de ser actual, un ser tecnológico que va a conquistar el mundo.
¿Qué pasa con el Estado que tampoco asume su responsabilidad frente al cuidado de la vida? Exige que las mujeres y los hombres salgan a trabajar fuera de sus casas sin importar lo que suceda con los niños, los ancianos o los miembros enfermos de las familias.
¿Dónde están las condiciones que el Estado debería proporcionar? Hay un vacío de responsabilidad estatal. Las sociedades altamente desarrolladas cuidan su capital humano, lo preservan. Velan porque se eviten las muertes de bebés, de niños pequeñitos que mueren quemados porque se quedaron solos y encerrados con una vela prendida o una caldera de agua hirviendo mientras los padres salieron a trabajar. En nuestros países (donde nos vamos quedando huérfanos de cariño; de abuelas que enseñen a las madres primerizas cómo se baña a los bebecitos, cómo se les cambian los pañales, o qué hacer cuando tienen dolor de barriga) hace falta que las instituciones y autoridades se hagan cargo del bien mayor: la gente.
Esa ausencia del calor familiar y los vacíos que deja el Estado en el cotidiano de la sociedad es el origen de conductas extremas en las que se mata para robar un celular, se secuestra y viola para vengarse, se embolsa a los recién nacidos y se los arroja en la basura. Cuando esa información llega por los medios o las redes sociales, nos desagarramos las vestiduras y nos horrorizamos, pero seguimos impasibles esperando la siguiente muerte, la próxima violación o cualquier otra aberración.
Las soluciones ante tantas ausencias no son fáciles; sin embargo, se podría comenzar por reconocer que las familias están en peligro de extinción y que para redimir la sociedad es necesario establecer políticas públicas que fomenten su preservación.






