Ha llegado, finalmente, la fecha del año más esperada por las culturas cristianas del mundo: la celebración del nacimiento de Jesús, ocasión en la que se renueva la esperanza, pues el Mesías, el enviado de Dios, ha nacido hombre para salvar a la humanidad. Es la fecha para renovar la fe, con su certeza de lo que no se ve y su convicción de lo que se espera.
Es ahora de que los espíritus humanos se tornen más sensibles, y puedan ser conmovidos, si no para transformarse, al menos para abrirse a la experiencia del mundo más allá de sus certezas; y es tiempo también de soñar que solo por eso es posible un mundo mejor.
Un mundo sin guerras, que causan dolor no solo a las víctimas de las balas y los cañones, sino a la humanidad entera. En el que el odio ya no inspire más que vergüenza, y los conflictos se resuelvan en mesas de negociación y no en campos de batalla; en el que las resoluciones de las Naciones Unidas sean mucho más que declaraciones de buena voluntad y se conviertan en documentos que guíen a la humanidad.
Un mundo sin odio racial, que separa a las personas tan solo por pequeñas diferencias. Donde todas y todos merezcan el mismo respeto e idéntico trato sin importar el color de su piel, su origen, su idioma o su acento. El racismo es la peor de las enfermedades de la humanidad y debe ser erradicado.
Un mundo sin las groseras diferencias entre quienes tienen de más y quienes no tienen ni suficiente. Un mundo donde ya no se juzgue el valor de las personas por sus posesiones materiales y que no empuje a muchos a buscarlas a cualquier costo. En el que sea deseable celebrar la Navidad “no entre los reyes y el lujo, sino entre los pobres y los humildes”, como soñó el papa Francisco.
Es tiempo de soñar con el fin de los odios políticos que separan y esconden los puntos de acuerdo; con un mundo en el que las decisiones sean tomadas pensando en las necesidades de las mayorías y no en los anhelos de unos pocos; donde los caudillos entiendan su lugar en la historia y no impidan el surgimiento de nuevos líderes, que entiendan que su misión es unir y no separar.
Un mundo, pues, donde la intolerancia hacia quien piensa diferente ya no tenga cabida, pues las personas habrán aprendido a buscar consensos y no a alimentar disensos. Un mundo donde todos los que dicen apoyar a la democracia y sus métodos sepan respetar aquello que no les gusta o no les conviene en nombre del bien común.
Deseos de un mejor futuro, de bienestar compartido entre todas y todos. Deseos que se repetirán hoy a la medianoche, en brindis que evocan felicidad y palabras de afecto familiar. Si es posible soñarlo, también tiene que ser posible que las personas decidan poner en práctica las pequeñas y grandes acciones necesarias para cambiar el mundo, moviéndose en una misma dirección en favor del bien común.






