La difusión de un dibujo de la Virgen del Socavón en lencería ha generado un intenso intercambio de expresiones a favor y en contra de la autora. El tema ocupó rápidamente las redes sociales, entre adhesiones y amenazas, e incluso recibió amplia repercusión mediática. A reserva de la seriedad o frivolidad de su tratamiento, el hecho desnuda algunas preocupantes cuestiones.
Más que el dibujo en sí mismo, una sugerente obra cuya calidad estética admite diferente valoración y lecturas, lo que inquieta es la colérica reacción de algunas entidades de Oruro que exigen proceso penal, sanción y desagravio (menos mal que no estamos en tiempos de hoguera) por la “actitud sacrílega” (sic) de la artista, Rilda Paco. Peor todavía: no faltaron voces que, desde el anonimato de las redes sociales, anuncian castigo, violación y hasta muerte por “la afrenta”. Hay antecedentes.
¿Por qué la imagen de una virgen sin rostro, con prenda interior roja y medias negras, cercada por tres danzantes en Carnaval (botellas de cerveza y cotillón incluidos), genera semejante hostilidad en nombre de “la religiosidad popular y la fe de todo un pueblo”? ¿Cómo se entiende que entidades públicas como la Gobernación y la Alcaldía, o privadas como la Asociación de Conjuntos del Folklore (ACFO), amén del Obispado católico, destilen tanta furia ante un dibujo? ¿Así defienden a la “madre y patrona”?
Al parecer, lo que está revelando el episodio de la Virgen en lencería es un arraigado trasfondo de hipocresía e intolerancia, que nutre un peligroso y reiterado fundamentalismo. Sucedió hace algunos años, también en Oruro, por el dibujo de otro artista, Alejandro Salazar, al que se amenazó con destierro y juicio. O contra una presentadora de televisión, condenada por hablar de fetidez. La historia demuestra que la palabra y el arte pueden ofender, cierto, pero los fundamentalismos matan.
La buena noticia es que una mayoría de voces, tanto antes como ahora, salieron en defensa de la libertad de expresión, reafirmando el derecho a interpelar símbolos, sean o no religiosos. En este caso, como apoyo, el dibujo de Paco fue replicado con variaciones por diferentes manos. Así que las entidades orureñas, si acaso insisten en su desvarío, tendrán que enjuiciar al menos a una decena de artistas. En todo caso, es interesante cómo un dibujo puede agitar tantas aguas, algunas muy oscuras.
El otro dato relevante del bullado caso tiene que ver, ya se sabe, con la fugacidad de la agenda temática en las redes sociales. Resulta al menos curiosa la rapidez con que la santísima Virgen en lencería desalojó de escena al nutrido intercambio de balances e insultos que había en torno al 21F. Esta vertiginosa mutación de humores en la opinión virtual (hoy un tema, mañana otro, pasado ninguno) degrada la necesaria deliberación pública y, ciertamente, contribuye poco a la calidad de la democracia.






