Barbie, la película, es posiblemente el fenómeno de marketing más importante de 2023 si no es que de los últimos años. En el mundo capitalista esto podía significar solamente un dato. No obstante, su particularidad de abordar manifiestamente el tema del feminismo, lo hace de un estudio diferente. De ahí pues que su propósito consumista adquiera otro matiz, al momento de tratar de entender qué tipo de contenido y por qué está siendo consumido por millones de personas en el mundo.
Varios han sido los aplausos que la película se ha llevado precisamente porque la masividad de su efecto lleva los marcos de discusión sobre el feminismo hacia múltiples públicos, una mayoría de seguro alejados de los diálogos militantes y académicos al respecto. Esto ya constituye una realidad que se manifiesta en más de un momento. ¿Qué otra cosa significa sino el hecho de que algunas películas de Disney hayan atravesado polémicas respecto a la inclusión de personajes o claves LGTBIQ+ en sus contenidos o el éxito de Barbie que contiene la temática feminista de forma manifiesta o, incluso, que Televisa (que volvió al continente en forma de TikTok) haya premiado en su último reality a una transexual mexicana? Significa, con claridad, que la batalla política cultural que se libra a nivel global ha llegado a la disputa de contenidos del consumo de la cultura de masas, cuyo criterio de generación de contenidos siempre será la moda de los fenómenos sociales.
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Por otro lado, en torno a la cualidad del contenido discursivo, es decir el tipo de feminismo que se propone en la película, la discusión puede llegar a ser muy amplia y compleja. Por ahora, creo importante hacer una pausa en la lectura que buena parte de los libertarios (antifeministas en su mayoría) y los “feminismos de la libertad” hacen: y es de que se trata de una película que propone un feminismo “woke”. El concepto de woke, proviene de la palabra wake, que en inglés significa “despertar”. Esta palabra fue acuñada en 1962 y volvió a resurgir en el marco del fenómeno de Black Lives Matter, a tal punto que en 2017 fue agregada al diccionario de Oxford como “estar consciente en temas sociales y políticos, en especial el racismo”. Con base en su masificación (y consecuente banalización por exceso de alcance acompañado de falta de profundidad) rápido se ha asociado a este término con la corrección política llevada al extremo, de ahí su asociación con la cultura de la cancelación y con la emergencia de la policía de la palabra y del discurso en espacios digitales. Una militancia woke por el progresismo, es pues, la toma de postura por estas causas simplemente por moda, algo similar al pink washing o al green washing que practican algunas empresas, que toman ese partido con tal de acomodarse al cambio discursivo cultural sin cuestionar el sistema económico, sino más bien para desplegarse mejor dentro de él.
Lo que debiera llamar la atención de los movimientos feministas que concebimos las desigualdades como un problema estructural asociado al patriarcado es la realidad concreta de que el más reciente éxito global de consumo capitalista sea un producto cultural cuyo contenido es el feminismo, se constituye en una clara expresión de lo que ocurre cuando la cultura cambia, pero no cuestiona ni amenaza al sistema económico. Y eso, entre otras variables, explica al feminismo woke como causa y, a la vez, efecto.
(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka







