Empezó con el berrinche de Jaime Paz Zamora, quien rechazó ser parte de la delegación oficial a La Haya para presenciar los alegatos orales en la última fase de la demanda marítima interpuesta por Bolivia contra Chile en la Corte Internacional de Justicia (CIJ). Dijo que no iba porque desde el Gobierno lo insultaban y al mismo tiempo lo invitaban a La Haya. Pese a las críticas de que era tela china, que había que averiguar cuánto de comisión cobraba no se sabe quién, pero con seguridad había coimas millonarias, que hubiese sido mejor utilizar esa tela para confeccionar sábanas para los hospitales, que qué papelón hacer una bandera tan grande, y que por qué azul, que es el color del MAS y que seguro después se usará en la campaña electoral de 2019… se extendió la bandera de la reivindicación marítima por el altiplano que comparten La Paz y Oruro, un espectáculo y un mensaje de 196,5 kilómetros de largo, según el Gobierno.
Y pese a los porqués sobre aquella caravana con tanta gente a La Haya, que nadie nos engaña que el Estado corre con los gastos, que ese dinero podría destinarse a comprar equipos para aliviar a los enfermos con cáncer, que por qué va gente de los movimientos sociales, que el gobernador Rubén Costas debe viajar y que se le debe tramitar la suspensión temporal del arraigo, finalmente la delegación boliviana viajó y empezaron los alegatos. Nueve horas para unos y otras nueve para los otros, repartidas en seis días. Y quedamos sorprendidos por nuestras razones, nuestros documentos, las revelaciones, las fechas, los compromisos, las palabras, por el mar de historia que nos respalda y que nos refuerza en nuestra aspiración y derecho. Quedamos sorprendidos también por la otra historia que solo aplasta, que solo humilla, que solo niega.
La historia grande se desenvolvió, pese a que Rubén Costas, el alcalde de Cochabamba (José María Leyes) y el senador Óscar Ortiz se dedicaron a desprestigiar por países e instituciones europeos al principal representante de nuestra demanda. Viajaron amparados en una causa a acuchillarla por la espalda. Y mientras se escribía la historia grande, preguntas bobas como “¿estamos más cerca del mar?”, o preguntas arteras y traicioneras como “¿con qué moral se exige a Chile que cumpla su palabra si el Gobierno boliviano (impulsor de la demanda contra Chile) no cumple su palabra sobre el 21 F?”. Junto al repetido temor de que si esto sale bien, éstos se quedan para siempre; que es mejor que nos vaya mal para que éstos se vayan pronto. Y si vale la pena todo esto; y si no era mejor no hacer nada; y si no hubiese sido mejor destinar la gran cantidad de dinero que se está gastando a otra cosa, porque este país es pobre y hay mucha gente necesitada; y mejor sería que se fortalezca la economía y se industrialice el país para comprar armas, porque a las buenas esto no se arregla…
Dicen que con las 18 horas de alegatos se podrá escribir un tremendo libro. Imagino cuántos tomos podrán añadirse con las anécdotas, con las traiciones y mezquindades, los más bajos instintos e intereses que siguen parapetados tras decisiones, declaraciones, alegatos, análisis, preguntas, viajes, cocteles y titulares. Mucho marzo, pese al adulón de la delegación boliviana en plenos alegatos. Mucho marzo, intenso, como ningún otro marzo, de sal y de arena.
Es periodista.






