Es la segunda ciudad más poblada y extensa de Bolivia, está entre las más pobres del país, y la principal actividad de su población económicamente activa es el comercio y los servicios asociados a éste. En efecto, El Alto tiene en promedio una feria por cada 1.000 habitantes. El fenómeno “gremialista” tiene numerosas ramificaciones en la vida pública de esa urbe.
Según registros de la Dirección Municipal de Ferias y Mercados, del Gobierno Autónomo Municipal de El Alto, hay 500 asociaciones de gremiales, 63% más que hace solo cinco años; si entonces se calculaba en 153.000 afiliados a estas organizaciones, hoy se habla de 250.000. A ellas se suman otras 60.000 personas que no pertenecen a ninguna asociación gremial.
Las y los vendedores alteños se distribuyen en 912 ferias, de las cuales solo 412 son legales. El secretario ejecutivo de la Federación de Gremiales señala que hace cinco años había 280 asociaciones, pero hoy superan las 400; y explica que esto se debe a que “cada vez hay más demandas de la población de contar con lugares donde ir a comprar”. Coincide en esta apreciación el presidente de una de las federaciones de juntas vecinales cuando sostiene que los vecinos de los barrios alejados no pueden ir todos los días a la Ceja a hacer sus compras, y que por eso “necesitan mercados y ferias en otros puntos”.
Un economista y una socióloga consultados por este diario señalan que entre los factores que explican el crecimiento de la población comerciante está la necesidad de encontrar fuentes de subsistencia ante un mercado laboral formal muy reducido. El mínimo capital de arranque necesario, la flexibilidad de horarios y la casi nula necesidad de una formación escolar son otros factores que impulsan a las personas a incursionar en el comercio.
Previsiblemente, la capacidad de la infraestructura pública para ferias y mercados está muy sobrepasada y los comerciantes se toman cuanta calle necesiten. El resultado inmediato es el congestionamiento vehicular, que resienten principalmente los transportistas, tampoco muy dados a respetar el orden en el espacio público.
Pero más importante que por su capacidad para hacer de la necesidad virtud y subsistir con ventas minúsculas en una competencia sin lugar a dudas muy dura, las asociaciones gremiales son de gran importancia por su capacidad de movilización y, por tanto, de incidencia en la toma de decisiones, o por lo menos para evitar que se tomen.
Ordenar el comercio en mercados y en la vía pública parece misión imposible en El Alto; sin embargo, esta tarea no puede postergarse indefinidamente. Ciertamente no será fácil, no solo por la dimensión política que el sector tiene en esa urbe, sino sobre todo porque la solución pasa por crear alternativas laborales para esa población, labor a la que deberían abocarse todos los niveles del Estado, pero también el sector privado.






