El fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de la ONU, con sede en La Haya, es sin duda un revés para Bolivia, una derrota a la pretensión jurídica nacional que planteaba que Chile cumpliera su promesa unilateral de negociar una salida soberana hacia el océano Pacífico en favor del país. Pese a que es un fallo negativo, la sentencia reconoce que Bolivia tuvo una franja costera y un territorio que fue de soberanía boliviana. También señala que existen otras vías en el sistema de las Naciones Unidas para resolver de forma amigable las diferencias en la relación bilateral. La sentencia no significa una negación a la reivindicación histórica a una salida soberana, ni expresa otra cosa (a criterio de la mayoría de los jueces) que los documentos que presentó Bolivia no tienen fuerza vinculante para obligar a Chile a negociar.
Las consecuencias del fallo de la CIJ son diversas, la más peligrosa es que puede ser asumida por el Gobierno de Chile como un espaldarazo a su política de no reconocer que existe un tema pendiente entre ambos países, y puede dar pie a que se incremente la política discriminatoria contra Bolivia, la conducta soberbia y la agresividad contra nuestro país. En el plano jurídico, un efecto concreto será que sobre el mismo tema no se podrá interponer otra demanda ante la Corte Internacional de Justicia, lo que en los hechos deja a la vía bilateral el posible abordaje de la mediterraneidad.
La victoria tiene muchos padres, la derrota es huérfana. Y en este caso particular no será diferente. Ya se escuchan las voces agoreras criticar, cuestionar, y entre los más radicales están aquellos que nunca hicieron nada cuando tuvieron oportunidad de hacerlo. Para errar hay que hacer algo, solo se equivoca el que lo intenta. Y aquí hubo un intento legítimo, que no nació ayer, ni estaba pensado (como de forma pérfida insinúan ciertos analistas) para que sea un caballo de batalla electoral. La mejor prueba de esta vocación nacional y de unidad fue que desde el comienzo, en 2013, se convocó a expresidentes y excancilleres para elaborar una estrategia que asuma el carácter de política de Estado. Se hizo lo que nunca antes se hizo, se realizaron los esfuerzos humanamente posibles a la cabeza de un hombre, que desde el servicio militar asumió el compromiso cívico de todo boliviano de recuperar el mar, y que plasmó en una propuesta a la Asamblea Constituyente cuando llegó al Gobierno, la cual fue aprobada por la Asamblea Constituyente como parte de la Carta Magna.
Que la CIJ haya asumido la posición del positivismo jurídico, alejándose de la línea principista que adoptó en algunos fallos, en los cuales la equidad fue tomada en cuenta, es otra historia; amarga, es cierto, pero pasajera. Aquellos que desde el país se plegaron al discurso de los gobernantes de Chile, asumiendo que la demanda marítima era una cuestión de política interna, hoy son los que hacen política interna con un fallo contra Bolivia. Esta hora aciaga pasará, y con las ideas claras seguramente se consultará qué hacer. Hoy nos quedó la tristeza al escuchar a nuestros niños cantar la marcha naval en sus colegios, como lo mencionara en un oportuno comentario de Roberto Brockman. Algunos opositores ciegos de odio y de ignorancia han tenido la indecencia de publicar en las redes: “La Haya dijo no”, y han festejado como propia una victoria ajena. Realmente es rara esta “dictadura” que permite libremente que los traidores hagan apología de una derrota nacional.






