El martes pasado se conmemoró el Día Internacional de la No Violencia, fecha instaurada en 2007 por las Naciones Unidas para promover una cultura de paz, tolerancia y comprensión en el mundo. La elección de este día coincide con el aniversario del nacimiento de Mahatma Gandhi, líder del movimiento independentista hindú y pionero de la filosofía y estrategia de la no violencia.
Justo es reconocer que resta mucho por hacer para que esta filosofía se extienda en los hogares, instituciones y calles del país. El gran número de agresiones y violaciones contra menores son una evidente prueba de ello. Pero también lo son los frecuentes bloqueos de caminos y carreteras, protagonizados por sectores que vulneran el derecho a la libre circulación del resto para que sus intereses prevalezcan. Los linchamientos y el pretender “ejercer” la justicia con las propias manos es otro claro ejemplo de intolerancia.
De hecho, hace apenas unos días el país fue testigo de uno de estos aberrantes crímenes, que tuvo lugar el 26 de septiembre en el trópico de Cochabamba, cuando pobladores de Entre Ríos decidieron “ajusticiar” a dos jóvenes de 20 y 21 años acusados de formar parte de una banda dedicada al robo de autos. Para colmo de males, quienes protagonizaron esta barbarie no se inmutaron ni siquiera ante las lágrimas y las súplicas de la esposa y la hija de dos años de uno de los jóvenes, y del padre y del tío del otro muchacho, quienes fallecieron luego de ser golpeados, rociados con gasolina y quemados.
Y así como este aberrante crimen son innumerables los casos en los que las personas, frente a la impunidad y violencia con la que operan algunos delincuentes, intentan “resolver” los conflictos a través de la agresión, cayendo en extremos de brutalidad que lejos de solucionar los conflictos agravan la inseguridad.
Y es que, como bien demostró Gandhi, la única manera de combatir la injusticia y la opresión es a través de una cultura de paz, que evite revanchismos. Cultura que necesariamente pasa por garantizar a todas las personas el ejercicio de sus derechos; así como un acceso igualitario y universal y a los tribunales de justicia. Esto por una parte, pues también es necesario que el Estado garantice que las acciones de intolerancia y los crímenes sean sancionados independientemente de que se cometan por organizaciones privadas, públicas o individuos.
En cuanto a la sociedad civil, como ya antes se mencionó en este mismo espacio, cabe recordar que las actitudes de intolerancia se cultivan en los primeros años de vida, cuando los niños tienen como modelos a personas cuyas inseguridades se traducen en acciones de violencia. De allí que la educación sea un elemento clave para luchar contra las agresiones, la exclusión y la injusticia; incentivando en las nuevas generaciones un comportamiento ético, con actitudes de tolerancia y respeto hacia los demás.






