La tarde del miércoles 6 de noviembre lanzamos cuatro gases lacrimógenos al colegio Don Bosco. Uno de los disparos llegó a la mitad de la formación de los alumnos, quienes de inmediato se dispersaron, y una niebla blanca empezó a expandirse por el patio. Al día siguiente no hubo clases.
Como todo siempre puede ir mal, fuimos peor. Ya nos lo predijeron y la oscuridad se apoderó de nosotros. Quemamos las viviendas de quienes piensan diferente, saqueamos casas, robamos, violamos y matamos.
Luego, pedimos al vecino un salvoconducto para andar por nuestras calles. Nos atrincheramos, con el significado que arrastra esta palabra de combate. Gritamos “guerra civil” y aplaudimos a las armas. Quemamos, con sed de venganza, la bandera del enemigo.
Sí, en este tiempo nos dimos cuenta de que somos incapaces de sentir el dolor ajeno. Y, en nombre de la paz, buscamos apagar el fuego con baldes de gasolina: “No va a entrar comida a las ciudades”, “voy a cazar al enemigo”…
Todos estamos libres de pecado, lanzamos la primera piedra y ya nuestros cerros se quedan sin rocas. El ojo por ojo nos está dejando ciegos del alma.
Somos incapaces de sentir el dolor ajeno. Buscamos tener la razón por la fuerza y apostamos por el diálogo hablando, pero sin escuchar. Fuimos cómplices de esta crisis porque nos sumamos a un bando y hallamos a un enemigo común; por eso es difícil escribir esta historia en tercera persona.
Cuán bien nos haría leer al bueno de John Donne. Él escribió: “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad. Por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. La frase es preludio de aquella bella obra de Ernst Hemingway Por quién doblan las campanas.
¿Hay alguna forma de salir de esta crisis (crisis humana; y no política)? Claro que sí y (díganle cursi a quien escribe estas líneas) la solución tiene nombre y apellido: empatía y actitud.
Empatía: pongámonos en el lugar del enfermo que no recibe sus medicamentos porque le estoy bloqueando. Sintamos, un momento, que nuestro padre ha fallecido por ir a defender su causa.
Actitud: poco después de que estallaron aquellas granadas en el patio del Don Bosco hubo una niña que, sin mediar alguna razón lógica, empezó a bailar. Fue su acto de rebeldía; el cual debemos replicar. Que el miedo no gane.
Después de todo, como dijo el soñador de Roberto Benigni en La vida es bella, a los únicos que hay que odiar y no permitir la entrada a nuestras vidas es a las arañas y a los visigodos.
* es periodista de La Razón.






