Somos adictos al precipicio. De cuando en cuando alguien —sin conocer la historia de los Balcanes, España o Ruanda— pinta en una pared dos terribles palabras: guerra civil. Y un signo de exclamación de cierre. Nota mental uno: ¿por qué ya nadie escribe el signo de exclamación de apertura? De vez en cuando, el poder se hace gas y reina la anarquía. ¿Quién manda? Nadie manda. ¿Quién se cansa? Todos nos cansamos. Bolivia es una camiseta verde sobre una cancha del mismo color. Entonces no hay azules ni “pititas”, no hay cambas ni collas, no hay “autoconvocados” ni “resistencias”. ¿Y si fuésemos tan solo la letra de una canción del Papirri? Uno trata de seguir las noticias en los canales mentirosos, leer los periódicos que casi ya no se imprimen, engancharse a las tóxicas redes sociales y termina hastiado, deprimido, con ganas de gritar: “maestrito, pare que me bajo en la esquina”. Pero antes suena una melodía en la radio: “Ch’enko total, ch’enko total, a ver cómo digieres la paella conceptual». Bolivia somos todos, todos contra todos. Nota mental dos: ¿Por qué el pinche Netflix eligió el relleno de papa?
Somos adictos a la (auto)flagelación. Somos como esas enfermedades donde el propio organismo se ataca a sí mismo. El sistema inmune se vuelve loco y conspira contra el cuerpo que lo acoge. Nota mental tres: ¿alguien sabe algo de aquella señora que salía en el Canal Siete por las tardes con la venia del exvicepresidente para hablar contra las vacunas?
Somos adictos al riesgo. Es nuestra particular manera de ser rebeldes insaciables, con o sin causa. Somos de ese tipo de personas que para sentirse vivas necesitan jugarse el pellejo constantemente o de cuando en cuando, como ahora. Así confrontamos frustraciones, justificamos fracasos (propios y ajenos) y eludimos los problemas reales para experimentar esa rica sensación que solo te da la adrenalina. O una caja de cervezas.
Somos adictos al vacío. Ayer estábamos al borde del abismo, hoy tratamos de dar un paso hacia adelante. No somos Suiza, no queremos ser ni en pedo la aburrida Suiza. Diagnóstico: estamos todos locos. Y esquizofrénicos: vivimos en realidades paralelas (auto)fabricadas para no salir jamás de nuestra zona de confort. Siempre tenemos la razón, todos defendemos la democracia y todos gritamos lo mismo: abajo la tiranía, la tuya, no la mía.
Los “pititas” creen haber hecho una “revolución”. El Poder Ejecutivo cree que manda. El Legislativo nos engaña con leyes que no se cumplen. El Electoral nos “salva” y cambia la fecha de las elecciones de acuerdo a picos que se mueven misteriosamente. Los movimientos sociales bloquean para adelantar todo… dos semanitas. Los “ciudadanos” hacen de policías. Los militares juegan a la guerra y nos joden los oídos con sus aviones caza sobrevolando la ciudad. Y a lo lejos hay un “varita”con barbijo dirigiendo el tránsito en una calle vacía. Nota mental cuatro: Al fondo del “Pacheco” todavía hay sitio.
Tenemos un presidente fuera del país que todavía se cree presidente y tenemos una presidenta con un pie fuera de Palacio que se pregunta todos los días cómo llegó a sentarse sin casi votos en esa maldita silla. Tenemos un ministro de Defensa que quiere ser Bolsonaro. Tenemos un candidato que se quedó paralizado en el pasado y sigue soñando con cabildos, amenazas y cartas. Tenemos aviones y helicópteros salidos de una mala copia de Mad Max escoltando un convoy que viaja por carretera llevando oxígeno de una punta a otra del mapa. No tenemos ministerio de Culturas ni de Deportes. Tenemos a Marinkovic de ministro de Planificación del Desarrollo. A lo lejos veo a Tuto con una vieja pegatina de los noventa en la solapa que dice “Tuto Banzer; mi amigo, mi diputado Chito Valle”. Y al fondo alguien escucha al viejo Pinochet diciendo en 1973: “La democracia, que siempre hemos respetado, será custodiada por las instituciones armadas, para impedir que pueda ser violada”.
Somos, al fin y al cabo, un país difícil de entender, imposible de no amar. Somos un poema de Urzagasti. Uno que dice así: “el pánico que siente el ser humano / ante sus anónimos semejantes / se transmite de una generación a otra / como virus de una escuálida memoria”.
Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.






