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El equipo Bryce Echenique

En los años 90, antes de Internet y ESPN, la división entre “madridistas” y “culés” no era tan notable en Sopocachi y Calacoto como la que separaba a los del “team” Mario Vargas Llosa de los del “team” Alfredo Bryce Echenique. Los primeros se aferraban a la mayor “profundidad” de la novela realista de su […]

El lingüicidio que está en marcha
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Por Fernando Molina
CRISIS
/ marzo 15, 2026
en Columnistas, Opinión

En los años 90, antes de Internet y ESPN, la división entre “madridistas” y “culés” no era tan notable en Sopocachi y Calacoto como la que separaba a los del “team” Mario Vargas Llosa de los del “team” Alfredo Bryce Echenique.

Los primeros se aferraban a la mayor “profundidad” de la novela realista de su héroe, aunque teniendo problemas para explicar divertimentos como “Los cuadernos de don Rigoberto”, la obrita pornográfica de Vargas Llosa, mientras que los segundos se alineaban con el “joie de vivre”, el sentido del humor (más chispeante), la prosa inconfundible y los personajes más sentidos (autobiográficos los principales) de Bryce Echenique.

Le invitamos a leer: Las obras completas de Gabriel René Moreno

La compulsa entre los dos grandes escritores peruanos desapareció en este siglo por las dos formas en que se produjera la decadencia de ambos, más aguda y abierta la de Bryce, más disimulada y arropada por el éxito económico y social (¡y por el premio Nobel!), la de Vargas Llosa. Pero que los dos decayeron es comprobable. El caso de Bryce, complicado por el alcoholismo, simplemente fue más turbio.

Además, él siempre había sido una figura algo periférica, que por edad y otras cosas no había pertenecido al boom latinoamericano de Cortázar, García Márquez, Rulfo, mientras que Vargas Llosa sí había logrado colarse en él (y hasta hegemonizarlo, por lo menos desde una perspectiva retrospectiva).

Así describía esta odiosa diferencia el propio Bryce, a través de su personaje el cantautor José Manuel Carpio de su novela de 1999 “La amigdalitis de Tarzán”: “…pero ellos boom para arriba y boom para abajo, ni cuenta que se daban de nada, ni siquiera de que el cantautor peruano era uno de los suyos, con permiso de residencia caducado, difíciles comienzos, años duros, mítica búsqueda de las luces en la Ciudad Luz, corazón a la izquierda, profundo arraigo en el desarraigo, los pasos perdidos, realismo mágico, cara de pobre tercer mundo, por Dios santo y bendito, y otros indispensables atributos más. Pero nada, ni cuenta que se daban de que uno también era artista, los señores esos”.

De este modo se quejaba siempre Bryce en sus mejores libros, riéndose un poco de sí mismo. La ironía es el eje de su obra: una ironía sobre sí mismo, pero también sobre su círculo social, que retrató en sus libros con agudeza y, al mismo tiempo, con humor y una intimidad que convierte a sus personajes en muy próximos y vivos para el lector. Bryce fue un gran exponente de ese género que hoy está de moda con el nombre de “autoficción”, solo que antes había que ocultar al autor detrás de personajes-cobertura y ahora ya no.

Pertenecía a la estirpe de los escritores latinoamericanos que intercalan en sus textos frases de boleros y tangos. Bueno, no sé si existe una categoría y menos una estirpe como esta. Debería, en todo caso. Pienso en Manuel Puig, en Cabrera Infante, no sé, en quienes en la segunda mitad del siglo XX han usado lo popular (el cine, la música, las cartas de amor) para lograr representar a Latinoamérica en la literatura.

En los 90 yo encontraba esto de copiar letras de canciones antiguas lo más estridente y cursi que podía haber. Mi generación era completamente contraria a ese “costumbrismo”. Y contraria al boom, claro, que había “vendido a Europa la Latinoamérica que Europa quería comprar”. No, en mi época juvenil había que hacer literatura en contra de la identidad latinoamericana, “para que así fuera universal”. Postulábamos la idiotez de que la gente que vive en La Paz o en Oruro o en Santa Cruz de la Sierra es intercambiable con la que vive en Ámsterdam o en Dakar. Y olvidábamos el adagio tolstoyano de “pinta tu aldea y serás universal”.

Todo esto, eso sí, ya ha quedado muerto y enterrado. Con los años, uno recuerda con más y más nostalgia a la abuela que irrumpía en medio de una conversación familiar cantando “Solamente una vez, se ama en la vida…” y al tío que citaba a Discépolo con fluidez. Con los años uno lee más o con más fervor la literatura latinoamericana de antes, de Carpentier a Bryce. Conviví con muchos de ellos (es decir, como un lector puede convivir con sus héroes literarios) y hoy ya todos ya muertos, Jesús. Y solo algunos son recordados. Un poco. ¡Si ya no se lee a García Márquez!

Pero no hubo escritores más grandes. Aunque Bryce fuera, quizá, el menos grande de los grandes, el más irregular después de sus principales libros (“Un mundo para Julius”, “La vida exagerada de Martín Romaña”), el menos dotado para que su país y la posteridad hicieran una estampita de él. También está entre los más entrañables, divertidos, idiosincráticos.

En los 90 yo era, lo confieso, del “team” Vargas Llosa. Lo seguí siendo mucho tiempo y, claro, creo que tuve razón en términos puramente literarios, si tal cosa existe. Sin embargo, me hubiera gustado ser del “team” Bryce, como por ejemplo lo era Cayetano Llobet, cuya biografía escribí hace años. Llobet se parecía físicamente y tenía un estilo parecido al del escritor peruano, aunque, claro, él no fue novelista sino político y periodista.

No sé a qué viene esto; lo que quiero mostrar es que el apellido que aparece en el título de este artículo –y probablemente le habrá dicho poco a los lectores juveniles– tuvo su magia en el pasado. Un pasado que, ay, va desapareciendo sin remedio.

(*) Fernando Molina es periodista

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