¿Qué tiene La Paz que enamoró a sus fundadores? La historiadora Ximena Medinaceli cuenta en un artículo compartido con otros autores, ¿La Paz, ciudad de cerros o ríos?, que “la función de los ríos en la ciudad ha sido de primera importancia en su historia”.
Describe cómo, antes de la fundación de la ciudad en 1548, “a lo largo de su curso se instalaron las poblaciones, los lavaderos de oro y las chacras de cultivo”.
“Cuando de fundó la ciudad demarcaron los límites entre los barrios indios a un lado del río y el pueblo de españoles al otro”, dice.
Y los ríos fueron el factor de delimitación de los barrios, zonas y ciudadelas del otrora próspero valle. Los lavaderos de oro (lo sabía Francisco Pizarro, como Atahuallpa, dice la Real Academia de la Historia), los campos de pastoreo de vacas y ovejas, y los maizales fueron convertidos en callejuelas de piedra, antes, y asfalto y losetas, en la modernidad. La ciudad se erigió sobre más de 300 ríos, ahora sepultados por embovedados, calles y avenidas en la superficie.
Todos, circundados por cerros y los imponentes Illimani, Mururata y Wayna Potosí, al noroeste.
Fundación
Nuestra Señora de La Paz, como gustaba llamar a los españoles, fue fundada en Laja, ahora a 25 kilómetros camino al lago Titicaca desde el centro de la ciudad capital.
Era 20 de octubre 1548 cuando el capitán Alonso de Mendoza, por encargo del entonces pacificador de Perú Pedro de la Gasca, fundó la ciudad en aquel punto cuyo fin era el establecimiento de un eje entre Cuzco (ahora Perú) y Potosí y Charcas (Bolivia).
Tres días después, el oficial español trasladó la fundación definitiva al barrio de nativos de Churubamba, donde ahora fue construida la plaza en su nombre. Fue en el lugar que le apetecía gobernar por tres años, como sugirió aquel.
El periodista Rolando Carvajal apuntó en sus crónicas sobre la fundación que, en realidad, quien ideó la ciudad en 1542 fue Cristóbal Vaca de Castro. Hasta dice que Cuzco pretendía la ciudad en su jurisdicción, por eso los enemigos de Mendoza buscaban que aquella se fundara en Yunguyo.
Chuquiabo
La Paz, antes Chuquiabo (heredad del oro), 476 años después de aquel episodio que incluso intercedió en las disputas entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro, siempre fue un centro de interés político y de poder.
Lo develan, por ejemplo, la Guerra Federal, en la era republicana (1898-1899), cuyos protagonistas fueron José Manuel Pando (aliado con Pablo Zárate Willka) y Severo Fernández Alonso; la matanza de Plácido Yáñez (1861) y la quema del Palacio de Gobierno de 1875.
Años después, la Revolución Nacional de 1952 y los golpes de René Barrientos Ortuño contra Víctor Paz Estenssoro (1964), de Hugo Banzer Suárez contra Juan José Torres (1971) y de Luis García Meza contra Lidia Gueiler (1980).
Recientemente, la huida de Gonzalo Sánchez de Lozada y la sucesión de Carlos Mesa (2003), y la renuncia de Evo Morales y la ruptura constitucional y autoproclamación de Jeanine Áñez en 2019. Las consecuencias de este último episodio: las masacres de Sacaba y Senkata.
Y la asonada militar del 26 de junio en la plaza Murillo. Una ciudad de conflictos y eterno vilo.
Tradiciones
Sin embargo, en la ciudad han confluido tradiciones patrimoniales como la Alasita, cuyo protagonista es el diosecillo de la abundancia Ekeko, y la fiesta de Gran Poder, la entrada folklórica más grande del país después del Carnaval de Oruro, que también se alimenta del sincretismo aymara-católico y el cholaje.
La Paz, de las 250 entradas folklóricas al año y de alegrías sinfín. Quién no olvida la hazaña de 1963, el Campeonato Sudamericano (hoy Copa América) en el viejo Hernando Siles, con Víctor Agustín Ugarte, Wilfredo Camacho, Ramiro Blacut y Máximo Alcócer, entre una pléyade de campeones.
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O las tardes de goles del estadio de Miraflores cuando en 1993 Bolivia clasificó al Mundial 1994 con Marco Antonio Etcheverry, Carlos Borja, Julio Baldivieso, Milton Melgar y Williams Ramallo, y una nueva pléyade de cracks.
Modernidad
De la ciudad de ríos expuestos a la de ahora, que incluso se extiende a otras zonas lejanas de antes, La Paz ha cambiado mucho. Es una “ciudad maravilla”, más allá de las falencias estructurales que, cada año, la exponen a los temporales.
Creció hacia su cielo, como a sus flancos. Son testigos viajeros son su teleférico, su PumaKatari y su ChikiTiti, como la kilométrica línea de minibuses y los micros de la Línea 2 y sus parientes cero kilómetros de antes.
Es una ciudad fotogénica. Fernando Ramón Saavedra resumió en Collita su atractivo de propios extraños; una ciudad metropolitana hoy. “Lindas montañas te vieron nacer, el Illimani tu cuna meció y la kantuta su alma te dio”.
Y el tango Illimani, de Néstor Portocarrero, retrató la ciudad: “Tierra mía, mi canción como un lamento; va en las noches de esta ignota lejanía”. Como Jaime Saenz, que cruzó sus recovecos, entre la bohemia y la cruda realidad, en Imágenes paceñas, lugares y personas de la ciudad. Como el mismo Víctor Hugo Viscarra.
Son 476 años y más de ciudad, ahora de metrópoli. Es la sede gobierno, confundida en el mundo como la capital de Bolivia.
«Solo espero a tu regazo volver», dice el tango.







