Una nueva frontera energética se abre camino silenciosamente en los vertederos, granjas y plantas de tratamiento de aguas residuales: el biogás y su forma refinada, el biometano. En un mundo que busca diversificar su matriz energética, garantizar seguridad en el suministro y reducir emisiones de gases de efecto invernadero, estos combustibles surgen como alternativas locales, sostenibles y con un impacto social sensible, especialmente en países en desarrollo. Así lo señala el reciente informe especial de la Agencia Internacional de Energía (AIE), Outlook for Biogas and Biomethane, que evalúa el potencial global de estas fuentes a partir de un mapeo geoespacial inédito.
¿Qué son el biogás y el biometano?
El biogás es una mezcla de metano (CH₄), dióxido de carbono (CO₂) y trazas de otros gases, generado a partir de la descomposición anaeróbica de materia orgánica: estiércol, residuos agrícolas, lodos de aguas residuales y desechos sólidos urbanos. Puede usarse directamente para generar calor, electricidad o como combustible doméstico. El biometano, por su parte, es biogás depurado hasta alcanzar una pureza similar al gas natural. Se puede inyectar en redes de distribución o usar como combustible vehicular sin necesidad de adaptar la infraestructura existente.
¿Por qué son importantes?
A diferencia de otras fuentes renovables intermitentes, como la solar o la eólica, el biogás es gestionable: puede almacenarse y usarse cuando se necesite. Además, al provenir de residuos, su producción no compite con la alimentación, evita emisiones de metano al ambiente y genera subproductos valiosos, como el digestato, un fertilizante orgánico que puede reemplazar a los químicos. En términos de empleo y desarrollo rural, el potencial también es significativo: hasta 10 millones de empleos podrían generarse globalmente hacia 2035, según la AIE.
Sudamérica: un gigante dormido
Sudamérica, en particular, tiene una posición privilegiada. El continente concentra una proporción considerable del potencial sostenible global para producir biogases, gracias a su vasta actividad agropecuaria, su alta generación de residuos orgánicos y su incipiente infraestructura de saneamiento y tratamiento de residuos. Sin embargo, esta capacidad permanece prácticamente inexplorada: se estima que menos del 5% de ese potencial está siendo aprovechado.
Brasil lidera en la región. Aunque su producción de biogás apenas roza los 0,7 mil millones de metros cúbicos equivalentes (bcme) al año —una fracción comparada con su peso como productor de bioenergía—, las proyecciones apuntan a un crecimiento rápido, impulsado por la nueva Ley de Combustibles del Futuro. Esta norma establece cuotas obligatorias de mezcla de biometano en las redes de gas y promueve el uso de residuos agroindustriales, como el vinaza proveniente del etanol, para generar energía. Además, se espera que la transformación de los rellenos sanitarios sea un eje clave, dada su alta carga orgánica y el elevado potencial de captura de metano.
Otros países como Argentina, Colombia y Chile han empezado a diseñar políticas piloto, pero su desarrollo aún es incipiente. El principal obstáculo es financiero: la inversión inicial en biodigestores y la logística de recolección de residuos son costosas y requieren incentivos robustos. A esto se suman dificultades normativas y de coordinación interinstitucional que dificultan la escalabilidad de los proyectos.







