Nada de aquello hubiera pasado si comíamos en aquel restaurante perdido de Achachicala. Lo recuerdo bien: hacía un calor de infierno y mi entrañable compañero fotógrafo, Pedro Laguna, tenía hambre, como casi siempre le sucede al mediodía; en realidad, a cualquier hora. Aquel restaurante no lucía bien.
Le dije a él y al chofer, Felipe, que nos aguantáramos. Hacíamos una nota que retrataba el estado de los camposantos en La Paz. Un encargo de la exeditora, y siempre amiga, Amparo Canedo.
Pedro gruñó. El chofer nos llevó hasta el cementerio, en una loma. El fotógrafo y yo fuimos a pie. Felipe se quedó en el auto. Había sol pleno y una mujer pastaba sus ovejas, a lo lejos.
En medio de aquella paz, dos hombres llegaron. Como soy metiche, fui a su encuentro. Les dije que no éramos saqueadores o cosa parecida. Ellos, parcos y aburridos, decían que hubo muchos robos en los últimos días. Bajamos la colina hablando y la campesina que cuidaba ovejas gritaba.
Al llegar a la camioneta vimos a Felipe charlando con otro comunario. No sé cuál fue mi última frase, recuerdo que el tipo con quien yo hablaba se cubrió el rostro con un pasamontañas y nos dijo que aquello sí era un asalto. Sacó un revólver y me apuntó a unos 20 centímetros de la frente. Pedro y Felipe también estaban encañonados.
Nos pusieron de rodillas y nos mandaron a callar. Llorando, les dije que éramos periodistas y que iban a ser buscados si nos mataban. Dudaron. Abrieron nuestras billeteras y descubrieron las credenciales. Hicieron el simulacro de dispararnos y después de un sinfín de patadas nos dejaron; claro que nos robaron todo. No sabían manejar y se fueron sin la camioneta.
Después supe que era una banda que mataba y enterraba ahí a sus víctimas. La campesina nos alertaba en aymara y quizá nada hubiera sucedido si comíamos en aquel restaurante.






