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Irse de casa

Un traslado también consiste en deshacer los pequeños altares cotidianos que vamos montando.

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Por Álex Ayala Ugarte
/ septiembre 14, 2014
en Escape

Su nombre de soltera es Lastenia López, pero muchos la conocen por su apodo y su apellido de casada: Titi Llobet. Tiene 58 años, es viuda desde hace tres y acaba de trasladarse tras más de dos décadas viviendo en el mismo sitio: una casa con jardín llena de cuartos y escondites que ahora es una carcasa vacía que aguarda a los nuevos dueños.

A menudo, una mudanza es un ejercicio indigesto de bipolaridad: lloras por el lugar del que estás partiendo cuando te levantas y te entusiasmas rápidamente por el que estás a punto de ocupar a media tarde. Lastenia vivió su particular proceso con calma: tardó más de dos semanas en cambiarse al que en estos instantes es ya su departamento. No cargó hasta allí todo de golpe para evitar las cajas arrinconadas de cualquier manera y porque quería ensayar una decoración armónica y llevadera. Y no está muy segura de que el traslado haya sido para siempre. “Cada vez confío menos en esas dos palabras”,  comenta (el hijo mayor del que fuera su segundo marido se mudó 40 veces en 44 años).

Todos los días, en La Paz, hay por lo menos un par de mudanzas. O lo que es lo mismo: dos quebraderos de cabeza para una especie —la humana— que se ha vuelto demasiado sedentaria. Lastenia cuenta que para ella fue como instalarse con la carpa de circo en otro lado. “Me fui con mis monos, mis magos y mis payasos”, enumera. Es decir, con sus pertenencias íntimas, sus cuadros y sus libros, que nunca la abandonaron.

Sus pertenencias más preciadas son una lámpara Tiffany con la punta doblada como si fuera un cuello de ganso y un curioso neceser del tamaño de una valija mediana que perteneció al abuelo catalán de su difunto esposo y que estaba lleno de utensilios con mango de hueso; son también un estoque para duelos camuflado en un bastón y un completo equipo para picnic de comienzos del siglo pasado que incluía un calentador de agua, vajilla finísima, cubertería brillante y petacas para transportar el trago; son bandejas de plata pulida y muebles ancianos, que serían difíciles de hallar incluso en los anticuarios. Sus cuadros son obras contemporáneas de pintores bolivianos como Alfredo La Placa, Fabricio y Raúl Lara y Cecilia Lampo. Y sus libros, viejos ejemplares de lomos gruesos, diccionarios en papel que parecen un anacronismo y que ya nadie usa, y ensayos y novelas que se mezclaron durante el traslado. “He juntado a Kant con Harry Potter”, se ríe. “¿Será que la acumulación de polvo encima de ellos es proporcional a la cantidad de conocimientos que dejan?”, se preguntaba hace algunos días vía Facebook.

Una mudanza, más que un acto reflejo que nos lleva a desarmar una serie de ambientes en tiempo récord, es un sentimiento inconsciente, y comienza a veces mucho antes de lo que hemos planificado. Lastenia, aunque aún no lo sabía, ya se estaba marchando poco a poco antes del fallecimiento de su marido. “Él tenía cáncer, era consciente de que se  moriría y regaló mucha de su ropa. Mandó maletas enteras con sus ternos a amigos tan delgados como él —recuerda—. Luego, yo me desprendí de muchísimas otras cosas suyas: de colecciones de música, por ejemplo, y de sus corbatas. Ésas las repartí entre sus colegas. Me di cuenta de que, si en diez años no has advertido que algo existe, es porque no lo necesitas. Y unos meses después de todo eso, ya tenía tres closets vacíos”.

Un traslado también consiste en deshacer los altares cotidianos que vamos montando: un pasillo lleno de fotografías, un salón para pensar con el sofá de cuero, una habitación de juegos. Lastenia sufrió al decir adiós al escritorio de su esposo para entregárselo a uno de sus hijos. “Tuvimos que desarmar la puerta para que pasara —explica—. Y mientras lo bajaban por las escaleras, entre varios, a mí me pareció estar presenciando su cadáver de nuevo. Fue algo muy duro, más que poner la casa en venta”.

Su querida excasa, por la que hace media hora dio uno de sus últimos paseos, será pronto una casa tomada —como la del cuento de Cortázar—, decorada con otro mobiliario, invadida por presencias extrañas. Pero eso será mañana o pasado mañana o dentro de una o dos semanas. Y por el momento no es más que una entraña deshabitada.

El escritor Gustavo Faverón asegura que una casa vacía es un objeto para ser observado, una historia que ya se contó: una ruina. Lastenia espera que su departamento —en el que dormirá esta noche por primera vez— le abra las puertas a una historia distinta. Pero no todavía: su viaje al futuro tendrá que retrasarse hoy unos minutos. Lastenia sigue revolviendo la cartera, en busca de la llave para entrar, y no la encuentra.

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