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El reanimador de muñecas

Salvador piensa que muchos de estos juguetes aún conservan la esencia de sus primeros dueños.

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Por Álex Ayala
/ octubre 11, 2015
en Escape

Salvador Jeremías Quispe Santander, 29 años, baja estatura, peinado con la raya a un costado, vive con sus padres y con un perro con la cara de dos colores llamado Moneda en el número 1925 de la calle cinco del barrio de San Antonio Bajo de la ciudad de La Paz. Luce un bigotito minúsculo que parece falso. Duerme en una cama con dosel muy similar a las victorianas. Se dedica a restaurar imágenes de vírgenes, santos y cristos y antigüedades. Tiene una casa sonora —repleta de relojes que hacen ding dong o cucú a cada rato para anunciar los cuartos, las medias horas y las enteras— y una habitación decorada con muñecos y muñecas de otra época —la mayor parte con más de 100 años, de estilo europeo—, que pertenecieron a familias de clase alta y a empresarios mineros.

Para Salvador, a través de estos seres con cabeza de porcelana y cuerpo de papel maché o madera que hoy valen cientos de dólares podemos averiguar cómo han ido evolucionando los estereotipos y las sociedades. La muñeca que hay a su derecha, por ejemplo, es gigantesca —casi de su tamaño—, fue comercializada en 1905 y es una representación del patrón de mujer preferido por el hombre de aquel tiempo. “Por aquel entonces, los hombres buscaban esposas de adorno, muy parecidas a esta muñeca: finas, delicadas, con ropitas exclusivas de París, sumisas y calladas”, explica Quispe. “Luego —prosigue—, llegaron los muñecos y muñecas bebé con expresiones muy realistas para reforzar el rol de madre de estas muchachas. En los 70, se impusieron las Barbie porque se puso de moda la mujer más estilizada y fashion. Y ahora es el turno de las Monster High, que nos sugieren que hoy cualquier mujer (incluso la hija de un monstruo) debería ser aceptada. Pero a mí no me interesan estas muñecas modernas. Todas son idénticas”.
A Salvador le fascinan las que él colecciona en una vitrina por los engranajes artesanales que algunas tienen en su interior para que las articulaciones se muevan. Porque los ojos que les pusieron fueron elaborados por sopladores de vidrio. Porque fueron pintadas a mano. Y porque desde que era niño está acostumbrado a las cosas con aroma a viejo. “De pequeño —dice—, yo me distraía con obras de arte y tallas de yeso”.   

Cabello natural

Uno de sus artilugios más curiosos es una caja de música a manivela de 1895 que hace tocar violín y bailar a tres autómatas con trajes de gala. “Antes de que los arreglara, los muñecos que la acompañaban eran horribles —recuerda—. Estaban sucios, los ratones se habían comido parte de su vestimenta y tenían el pelo raído. Los habían ensamblado con alambres e hilo. Y desde que los vi, me parecieron increíbles. Estamos hablando de los inicios de la robótica, de un gran invento, no solamente de un elemento decorativo”.  

Según Salvador, las historias de muñecos diabólicos que la televisión por cable nos vende cada Halloween como si fueran ciertas  tienen mucho que ver con este tipo de mecanismos internos. Las ligas que sujetan las extremidades de algunos de ellos a veces ceden y el muñeco, de repente, mira hacia otro lado o mueve un brazo, una pierna o el cuello. Otros sorprenden por sus cabellos lisos —cien por ciento naturales— o por su apariencia humana. “Pero no hay de qué asustarse, a mí nunca me hicieron daño”, se ríe.

Salvador asegura que a finales del siglo XIX y principios del XX, en los lugares donde los armaban pieza a pieza, trabajaban algunos niños pobres de los orfanatos; que se aprovechaban de ellos porque tenían las manos chiquitas y los dedos firmes; que los utilizaban como mano de obra barata. Dice además que los modelos para dar forma a las muñecas y a los muñecos solían ser los nietos o los sobrinos de los fabricantes. Y piensa que muchos de estos juguetes clásicos aún conservan la esencia de sus primeros dueños.

A Salvador le gusta estar en contacto con ese pasado. Quizás por eso bautiza a sus muñecas y muñecos con el nombre de los que se los regalaron o se los vendieron. También tiene la costumbre de clasificar y guardar la vestimenta original de cada uno de ellos para que no se estropee. A menudo, visita a sus amigos anticuarios para conseguir repuestos o telas para restaurarlos. Y casi siempre lleva un puñado de billetes en los bolsillos por si surge la oportunidad de retornar a su “guarida” con alguno nuevo.

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