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‘El cartílago’

Manuel recuerda a uno de sus cuates de la noche paceña, con quien vivió jornadas de eterna bohemia.

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Por El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta
/ noviembre 23, 2015
en Escape

Aquella época nos quedábamos en una cueva aguda, el Ave Sol, a estrenar canciones hasta las 04.00; de allí, eufóricos, trastabillábamos por la Alonso hacia un callejón de orines donde purgaba el bar El Inca, que abría a las 05.00.

En la puerta esperaba con su pucho imperecedero un personaje laaargo, sin edad, con cabeza pequeña y carita de niño cuzqueño, rulitos picantes, ojos tristes y eternamente rojos; le llamábamos El Cartílago y se encargaba del derecho de admisión a la taberna paceña requisando cuchillos. Si el gil “venía a ver nomás”, entonces no lo dejaba entrar.

— “¿Cómo es Papirri, pasá pues, tranqui nomás, está el Polkos”, decía en paceño. El Inca era un lugar con putas de todo rostro, vestido y color, presos que salieron un ratito a proveerse de un kaj, la mamá de la Anahí —niña  violada y asesinada en las canchas de El Poeta—, el K’uru y su melena de los 70, una mujer que lloraba amarlo al Uzquiano de Wara, otro que mostraba una bala en el ombligo. A mí me decían alcuza porque iba secando sin asco de mesa en mesa, tragos de todos los colores.

Al mediodía surgíamos a las rastras con El Cartílago, comíamos chorreando unas salteñas del Gaucho y de allí en taxi dormitábamos hasta su casa. Vivía en una bodega de Miraflores Alto, su cama con joroba era amable, su mesa de luz de clavitos; en la pared varios afiches con el cachaskán del periódico Hoy, de décadas atrás.

Debajo de la cama hacía aparecer una media de singani, yo me iba durmiendo de a poco mientras El Cartílago volvía a salir a buscar pleito. Un día de ésos estábamos sin quibo cirilo, queríamos continuar, ¿de dónde sacamos?… Entonces me acuerdo que teníamos una tumba vacía, herencia de unos tíos. La boca oscura esperaba bostezando en el Cementerio General. Sin explicar mucho le digo:

—“Cartílago, venderemos la tumba y con eso continuamos”.

— “Ya, tío”, dice.

Agarra el teléfono y llama:

— “¿Hola? ¿David? Mi tío tiene una tumba para vender … ¿Cuánto dice, tío? El David Castro es, el de Los Brothers… ¿Qué marca es la tumba, tío?”.

El ataque de risa por la confusión entre tumbas y tumbadoras casi me ahoga en el ron venenoso. Me decía tío porque mi hermano mayor, en una noche intensa, lo había declarado su hijo adoptivo. La mamá de El Cartílago —una señora paceña con peinado y aretes que a veces aparecía en su sótano— se creyó el cuento y lo amenazaba:

— “¡Le voy a avisar a tu papá si sigues tomando!”.

— “Yaaa, mi papá más toma conmigo, ¿qué te crees mami?”, respondía infantil.

Años después —ya resurgido de esos antros— nos encontramos en un callejón paceño. Me pidió unos quibos, “jodido estoy, tío, ya no hay noche paceña”, le di unos billetes, se fue con su jorobita aérea y al segundo cayó sobre mí una decena de tiras que me agarraron a patadas, me metieron a una ambulancia sin placas.

— “¡Soy el teniente Beyer, de narcóticos!”, decía el can aquel, rugiendo por sus caries.

Me llevaron sin motivo hasta una carceleta inspeccionándome todo, a la mala, che. Como yo estaba limpio fui arrojado a la calle mientras rugían las amenazas. Tiempos difíciles.

Salí abollado y decidí irme a la Argentina a hacer un disco con Litto Nebbia, perderme un rato con las chacareras. Luego de seis meses retorné con un CD grabado bajo el brazo. El vuelo se quedó en Santa Cruz y me pagaron un hotel bien nomás, entonces abrí feliz el frigobar: ¡Estaba en la Patria de nuevo! Cerveza paceña ¡Hice saltar la espuma!, agarré el teléfono… ¿A quién llamo? A El Cartílago, claro. Atendió su mamá y me dijo temblando:

— “Deberías habértelo llevado Manuelito, desde que te has ido tomando nomás paraba hasta reventar su hígado… y se ha muerto”. De pena busqué compañía en las damitas del Club de Leones de Santa Crú. Luego le dediqué el CD grabado en Baires, titulado Cara Conocida. Cuates como El Cartílago ya no hay. La noche de La Paz lo nombra todavía.

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