Pese a ser más reconocido que nunca, en 1922 James Joyce vivía en París tan escaso de dinero como siempre lo había estado. Las cosas no andaban mejor del otro lado de la mesa, porque su entrevistadora era Djuna Barnes, una periodista autodidacta que llegó a París en busca de libertad y de una vida bohemia, a la cual se había entregado con particular esmero.
En cualquier caso, el Joyce que monologaba frente a ella no era un perdedor sino el autor de Ulises, una monumental novela que había levantado polémicas que llegaron a los juzgados, de donde salió con sentencia en contra.
En 1918, la obra había sido presentada en episodios en Estados Unidos, en la revista literaria The Little Review, sin embargo, el detalle y desparpajo con el que eran contadas las miserias, las bajezas y pasiones de los protagonistas llevaron a que la Sociedad para la Prevención del Vicio de Nueva York iniciara acciones judiciales contra el libro, por las que se terminó condenando a la revista a pagar una multa, no editar un capítulo más de Ulises y prender fuego a las copias existentes.
Afortunadamente, la novela renació del otro lado del Atlántico, en París, cuando Sylvia Beach, propietaria de la librería Shakespeare & Co, se arriesgó a publicar ese texto incandescente. Sin embargo, la criatura de Joyce no dejaba de ser una obra de vanguardia, difícil, en apariencia caótica y por tanto enemiga de grandes ventas. Por eso el escritor no vestía del todo bien y seguía dependiendo del dinero de sus amigos.
Pese a que Barnes no podía evitar ver al autor como un admirable héroe bohemio, lo cierto es que el alcoholismo, la ceguera y los problemas familiares habían comenzado a apagar la vida del hombre que, como dijo su hermano, había creado “el día más largo de la literatura”.
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