En promedio, un ciudadano boliviano produce cada día medio kilo de residuos sólidos, mientras que para 2030 se prevé que esta cantidad llegue a 1,42 kilogramos, índices preocupantes para nuestra generación y las venideras. De este problema ha tomado conciencia un grupo de jóvenes, entre ellos Edwin Encinas y Cristian Gutiérrez, quienes han creado un equipo de “basurólogos” que trabaja no solo en el buen manejo de la basura, sino también en su procesamiento para generar abono.
Guanay —al norte de La Paz— es un municipio que produce cada día seis toneladas de basura que, hasta hace un tiempo, eran depositadas en poblaciones cercanas o en las orillas de los ríos, lo que generaba contaminación. Lo mismo ocurría en Sacaba, Cochabamba, pues las 90 toneladas diarias que produce su gente quedaban olvidadas en las riberas de río o en microbasurales.
Este problema se repite en el territorio nacional, por lo que la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA) Bolivia becó a una docena de personas para que aprendan gestión de residuos sólidos, con el concepto de que el conocimiento es un tesoro que se multiplica al compartir. Con esa lógica, varios beneficiarios desarrollaron lo que aprendieron en municipios como Guanay, Sacaba, Tiquipaya y Colcapirhua. Ellos se reunieron a finales del año y fundaron Eco-Tomodachi (del japonés, que significa “amigo”), un grupo en el que intercambian experiencias para mejorar el procesamiento de la basura.
El ingeniero agrónomo Edwin Encinas fue uno de los becarios de JICA, quien primero recaló en el municipio de Viacha, donde logró hacer compostaje (proceso de transformación de la materia orgánica para obtener compost, un abono natural) a 4.000 metros sobre el nivel del mar, una altura mayor al monte Fuji, el más alto de tierras niponas. “Cuando un japonés escucha que han compostado por encima del Fuji piensa que estamos locos, pero solo es posible en Bolivia”, resalta Mariko Watanabe, consultora de JICA.
El agrónomo se estableció luego en Guanay (500 msnm), donde lidera un proyecto medioambiental. “Como ocurre en otros municipios, aquí los residuos suelen ser enterrados, quemados y los botan en los ríos”, sostiene el especialista. Con su experiencia y el apoyo de las autoridades del Gobierno Municipal, desde hace unos años está desarrollando un proyecto de tratamiento de residuos. “Hemos invertido más de medio millón de bolivianos para plantear el proyecto y encontrar las soluciones a este problema”, comenta Róger Tintaya, alcalde de Guanay, quien acompañó el trabajo de Encinas con la creación de un equipo encargado de recoger la basura, un programa de concienciación sobre el cuidado del medio ambiente y la obtención de un terreno para que sirva de relleno sanitario, además del cobro de una taza de aseo para facilitar la limpieza.
Esta labor va acompañada de la transformación de los desechos sólidos con técnicas como el bokashi (resultado de un proceso de fermentación anaeróbico —sin utilización de oxígeno libre— que acelera la degradación de la materia orgánica), takakura (proceso que evita los malos olores de la putrefacción mediante acumulación de bacterias de fermentación, que permiten obtener abono en menos tiempo) y el biol (abono elaborado a partir de estiércol de animales).
Estos procedimientos son importantes, pues el 60% de la basura en el país es orgánica, es decir restos de comida, cáscaras, restos de poda y flores, entre otros elementos.
Con la misma conciencia y conocimientos trabaja el “basurólogo” Cristian Gutiérrez, gerente general de la empresa de Gestión Integral de Residuos Sólidos (Geres), en el municipio de Sacaba, que tiene como uno de sus principales avances el procesamiento de los desechos en una planta de compostaje.
Esta labor en favor del medio ambiente acompaña a la Ley 755 de Residuos Sólidos, que fue promulgada en 2015 y que pone énfasis en la responsabilidad de los gobiernos locales en la gestión de residuos, que en Guanay y Sacaba, como en otros municipios, está logrando avances mediante los “basurólogos”, especialistas en el tratamiento de los desechos sólidos para convertirlos otra vez en generadores de vida.






