En lo más alto de Torotoro, decenas de formaciones pétreas se asemejan a casas pequeñas, con hendiduras que parecen calles y, como fondo, la vista sin igual de una cadena montañosa interminable. Tal vez por esa razón ha recibido el nombre de la Ciudad del Niño Perdido, un área que sirve para la investigación científica y que puede ser una nueva alternativa turística.
El municipio de Torotoro —provincia Charcas del departamento de Potosí— protege varios sitios arqueológicos, paleontológicos y espeleológicos. La caverna de Umajalanta, El Vergel, la Ciudad de Itas y el Cementerio de Tortugas son algunos atractivos del Parque Nacional Torotoro, administrado por el Servicio Nacional de Áreas Protegidas (Sernap). Pero existen otros lugares por descubrir y mostrar.
Mario Jaldín, antiguo guía de turismo, asegura que se necesitan al menos cinco días para conocer lo esencial de Torotoro. Una de estas atracciones es la Ciudad del Niño Perdido. Para llegar a este sitio —a unos 3.200 msnm— es necesario movilizarse en vehículo durante 40 minutos. La vagoneta blanca de Mario llega hasta las faldas del cerro Huayllas Orcko (que significa “Cerro Llano” en quechua), desde donde se inicia una hora de caminata, hasta el punto más alto del municipio.
No se sabe con exactitud el origen de la denominación Ciudad del Niño. De acuerdo con Mario, una década después de la Reforma Agraria de 1952, varias familias retornaron a sus tierras. Como parte de ese proceso, la escuela acogió a varios niños, entre ellos dos hermanos, de un poco más de 10 años, quienes, antes de entrar por primera vez a la unidad educativa, se colgaron de una ventana para ver con quiénes se iban a encontrar. Para su sorpresa, lo primero que vieron fue a una persona mayor que tenía un parche en el ojo izquierdo y le faltaba una mano. Se trataba del portero de la escuela, quien quedó con esas secuelas después de luchar en la Guerra del Chaco. Por el susto, los menores subieron al Huayllas Orcko y se perdieron, hasta que, después de una intensa búsqueda, los hallaron en medio de un terreno pedregoso, en la cúspide del municipio potosino.
La caminata por donde tal vez corrieron los niños transcurre por un terreno extraño, donde piedras ovaladas de un metro de alto sobresalen como globos y por enormes bloques que forman un camino parecido a un asfaltado antiguo.
Por recomendación de Mario, el recorrido transcurre temprano, para evitar la intensidad del sol. El horario es ideal, ya que las sombras dejan reconocer vestigios del pasado, como plantas marinas petrificadas y huellas de pisadas.
Hace 145 millones de años —inicio del periodo cretácico—, la Tierra tenía un solo continente. Se le conoce como Pangea, que de a poco se estaba fragmentando. En ese tiempo, el territorio torotoreño era un extenso valle plano, hasta que los movimientos tectónicos cambiaron la corteza terrestre. De ese fenómeno quedó como testigo una inmensa fisura que empieza cerca del río Caine y termina en el cerro. Son enormes placas que al moverse transformaron el terreno plano en un territorio de cerros, cañones y acantilados.
“Tal vez estamos caminando sobre formaciones de hace 60 o 100 millones de años”, afirma Mario, quien a pesar de caminar con paso ágil, mira constantemente al suelo, hasta que de repente se agacha y señala unos huecos en el suelo: posiblemente sean huellas de dinosaurios.
Después de casi media hora de ascenso, la marcha se detiene bajo la sombra de una roca, de donde surge una vertiente. Ahí, Mario explica que cuando los dinosaurios pisaban el barro, partículas de arcilla se asentaron en el lugar y preservaron las huellas, hasta quedar petrificadas.
Antes de llegar a la cima, los aventureros atraviesan un cúmulo de rocas cuadriculadas, parecidas a escamas o caparazones de tortuga. En los 3.200 msnm se vive una experiencia singular, ya que desde ahí se puede observar parte del río Caine y las montañas de Llamachaki, una fortaleza donde los antiguos habitantes se defendían de los quechuas (que llegaban por el lado norte), y de los tupi guaraníes (que lo hacían por el oeste).
En lo más alto de Torotoro, el piso de arcilla va desapareciendo para dejar en su lugar una roca extensa con cientos de protuberancias. Al caminar por esta especie de laberinto, de repente aparecen unas formaciones ovaladas más grandes, parecidas a iglús petrificados. Según Xavier Camacho, responsable de Turismo del Gobierno Autónomo Municipal de Torotoro, es por esa razón que este lugar se llama Ciudad del Niño Perdido.
Entre los promontorios hay resquicios como si fueran calles, que conectan no se sabe con qué, así es que Mario se encarga de elegir un descenso donde se puede observar formaciones extrañas y, si la suerte acompaña, huellas prehistóricas.
Camacho afirma que el gobierno municipal quiere impulsar esta ruta, aunque se necesita un análisis técnico, turístico y medioambiental por parte del Parque Nacional Torotoro, además de recursos para armar un sendero que salvaguarde los restos geológicos. Por lo pronto se puede llevar a cabo este itinerario para fines de exploración e investigación, en especial en el ámbito geológico y paleontológico.
En el retorno al pueblo, Mario halló piedras fuera de lo común y algunas huellas prehistóricas, así es que los caminantes hacen lo mismo mientras recorren la región donde hablar de dinosaurios y del periodo cretácico es algo natural.






